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“Caza de guatemaltecos”: el crimen que sembró el miedo en inmigrantes de Florida, Estados Unidos

"Aunque seamos de otros países, somos seres humanos. No somos animales como para que nos salgan a cazar"

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

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Cuando Onésimo Marcelino López Ramos llegó a Florida (Estados Unidos) desde Guatemala, su sobrina Melisa acababa de cumplir un mes.
En los dos años que pasó con ella, se convirtió en la niña de los ojos del joven guatemalteco de 18 años.

“Todas las mañanas antes de irse a trabajar venía a despedirse de mi hija y le daba un beso. Él decía que Melisa era su consentida”, señala Mauda al recordar la mañana del 17 de abril, antes de que su hermano pusiera rumbo al restaurante italiano en el que trabajaba los siete días de la semana como ayudante de cocina.

La siguiente vez que lo vio, estaba muerto.

“Era el sábado por la madrugada. Yo escuché un ruido. Escuché voces y escuché tronar una puerta. Yo pensé que estaban peleando o algo. Cuando salí a la ventana, miro a mi otro hermano queriéndolo levantar, salgo corriendo y lo miro tirado a él. Corrí, lo abracé, pero ya él no estaba vivo”, lamenta en conversación con BBC Mundo.

CACERÍAS

Onésimo había llegado a Jupiter, en el sureste de Estados Unidos , en marzo de 2013.

Quería independizarse y ayudar a sus padres, así que no dudó en recorrer en solitario y con 15 años los más de 4.000 kilómetros que separan su municipio natal, Malacatán, en la provincia de San Marcos, y Jupiter, la localidad donde hacía años habían emigrado cuatro de sus siete hermanos.

“Quería ser un gran chef. Le encantaba cocinar”, recuerda Mauda de su hermano. En la imagen, con una de sus tres hijas, Melisa.

“Cuando él vino, lo vi entrar por esa puerta y lo abracé tan fuerte… pero no pensé que me lo fueran a quitar tan pronto“, recuerda entre lágrimas una de sus hermanas, Mauda, de 26 años.

El joven falleció el 18 de abril pasado a las puertas de su casa cuando venía de trabajar y aparentemente fue atacado por un grupo de adolescentes estadounidenses de 17 y 18 años.

Según le confesó uno de los tres detenidos a la policía, aquella noche salieron con la intención de “cazar guatemaltecos”.

Todo indica que la víctima fue seleccionada por su origen y ese es el motivo por el que pedimos que sea juzgado como un crimen de odio”, le dijo el portavoz de la policía de Jupiter, Adam Brown, a BBC Mundo.

La última palabra sobre si el homicidio se juzgará como un crimen de odio la tendrá la Fiscalía del condado de Palm Beach, pero la muerte de Onésimo Marcelino López Ramos desató el miedo en buena parte de la comunidad inmigrante de la zona.

Los adolescentes que mataron a Onésimo dijeron haber salido a “cazar guatemaltecos”.

“Cuando el sheriff vino y nos contó lo que ellos dijeron, que habían salido con la intención de cazar guatemaltecos, para mí fue horrible, porque nosotros somos seres humanos. Aunque seamos de otros países, somos seres humanos. No somos animales como para que nos salgan a cazar”, le dice a BBC Mundo Micaela, la hermana mayor de Onésimo, de 33 años.

Por su parte, Mauda, dice que ahora tiene miedo de salir a la calle.

“Hay mucha gente que prácticamente odia a los inmigrantes. Tengo miedo de que si le hicieron eso a mi hermano, puedan hacérselo a otro muchacho e incluso a nosotros”.

“CAJEROS ANDANTES”

Pocos en Jupiter habían oído hablar del término “Guat hunting” (“caza de guatemaltecos”) antes del crimen de Onésimo, pero las historias de robos a inmigrantes no son raras en esa zona de Florida que alberga la segunda mayor comunidad de guatemaltecos en EE.UU.

La mayoría son jornaleros indocumentados que trabajan en la construcción, jardinería o en hostelería.

Pese a que la tendencia está cambiando por iniciativas implementadas para ayudar a los indocumentados a abrir cuentas bancarias, muchos inmigrantes en esa zona de Florida lamentan que hay ladrones que salen a robar en los días que tradicionalmente cobran los jornaleros.

Onésimo murió a la puerta de la casa donde vivía con sus cuatro hermanos y cinco de sus sobrinos.

“A nosotros nos dicen que somos cajeros andantes porque siempre llevamos dinero en la bolsa. Los viernes ellos (los ladrones) salen y están esperando a ver quién va con dinero”, apunta Micaela López.

Según Mara Martínez, una trabajadora comunitaria del centro maya guatemalteco de la localidad vecina a Júpiter, Lake Worth, su organización recibe “cada dos o tres semanas” una denuncia de robo con violencia.

Allí ayudan a las víctimas a hacer las denuncias en la policía y los asesoran para ver sus posibilidades de acudir al médico pese a no tener seguro de salud e incluso de obtener la visa “U” destinada a las víctimas de la violencia.

“TODO QUEDÓ EN PLANES”

Sin embargo, señala que no todos se atreven a denunciar y los que lo hacen van con miedo por no tener papeles.

Uno de ellos es Nicolás Baltazar, un guatemalteco que pasó cinco días en el hospital tras ser apuñalado una noche a pocas cuadras de su casa de Lake Worth.

“Venía de la casa de un amigo. Iba caminando solo por la calle. Trataron de robarme, pero no tenía nada y me acuchillaron”, le cuenta a BBC Mundo.

La policía ha tratado de acercarse a la comunidad inmigrante para que denuncien los crímenes en su contra.

Tras el crimen de Onésimo, la policía de Júpiter organizó reuniones con la comunidad inmigrante para instarles a que hablen abiertamente si son víctimas de delitos, independientemente de su estatus migratorio.

“Después que esto paso, mucha gente venía y me decía: “A mi también me han robado, a mi también me han golpeado. Y yo les decía: ¿por qué no denuncian? Si ustedes hubieran denunciado esto antes, no habría pasado esto con mi hermano”, se pregunta Micaela.

“Ya se había comprado un terreno para poder hacer su casa. Pero ahí llegó la desgracia y todo quedó así. En planes nada más”, dice Micaela desconsolada, al definir a su hermano como “un muchacho que quería salir adelante y tenía muchos sueños”.

Además de ser chef, Onésimo soñaba con volver a Guatemala. Y por eso, según cuentan sus hermanas, trabajaba diez horas diarias en el restaurante en el que entró como lavaplatos y acabó como ayudante de cocina.

“Estaba contento porque le iban a subir el sueldo y le decía a mi mamá que en cuanto acabara de hacer su casa en Guatemala, regresaría, que no se quedaría como nosotros”, cuenta Micaela.

El sueño de Onésimo era construirse una casa en su país.

Los vecinos de la familia López Ramos, muchos de ellos inmigrantes de su ciudad natal, Malacatán, recaudaron dinero para poder enviar el cuerpo de Onésimo de vuelta a su país.

Mientras, en su casa de Florida han puesto una especie de altar con una foto del joven con el pelo de punta y gesto tímido junto la estampa de la Virgen de Guadalupe, la imagen que probablemente tendrá Melisa de su tío cuando crezca.

Su madre se encargará de contarle quién era el tío que pasaba a besarla todas las mañanas y que le sacaba a pasear en sus ratos libres.

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Categoría: Mundo | Claves: BBCMundo Inmigrantes