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De WikiLeaks a WikiInfiel

No hay secreto que dure cien años ni red que lo resista. Lo político ya fue. Ahora es el turno de la vida amorosa.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Editorial El Clarín)- Internet es una autopista veloz para salir del aburrimiento y para quebrar la rutina. Y nos fascina especialmente cuando nos propone alguna transgresión vinculada a la sexualidad. Una experiencia nueva, un encuentro que nos saque de lo habitual.

No es de extrañar que la red global de citas para infieles Ashley Madison lograra una enorme adhesión: millones en todo el mundo, en un 90% varones.

La cobertura del secreto lo hace todo más fácil.

Supuestamente con total reserva allí podían concretarse citas que no debían darse a la luz. La impunidad que ofrece el universo virtual: uno puede presumir y decir o mostrar cualquier cosa y autoelogiarse sin chequeo. La cobertura del secreto lo hace todo más fácil.

“La vida es corta. Tené una aventura”, seducía desde la página una rubia con un dedo sobre la boca, como una enfermera que no pedía sino que prometía silencio. Y curar del mal que padece buena parte de los consumidores de internet: ansia, anhelo de otra cosa.

Y llegó la aventura pero fue una desventura. El secreto dejó de serlo: un grupo de hackers robó la base de datos de casi 37 millones de visitantes. La Web debía tener la seguridad de un banco suizo y su contenido se hizo público. Es el destino de una sociedad que se vuelve transparente para mal y para bien.

La ley dejó en un segundo plano la fidelidad. Ya no es un deber jurídico de los cónyuges.

En la Argentina las principales direcciones registradas eran de organismos públicos. Es un dato. O no hay mucho trabajo o hay mucha frustración. Lo que es seguro es que no hay ningún temor a que todo puede hacerse desde un espacio estatal.

Por el nuevo Código Civil, la ley dejó en un segundo plano la fidelidad. Ya no es un deber jurídico de los cónyuges. Se trata de un mandato ético. Sea una obligación jurídica o una regla moral, la fidelidad nos compromete. Pero vivimos un tiempo de compromisos que se debilitan.

Lo vemos en la política y lo vemos en las relaciones personales. Y también en la identidad. Es una aventura cambiar. Internet apasiona porque no tiene límites. También porque sus controles quedan fuera de control. Promete reserva. Pero el desafío desafía la imaginación. Ahora la aventura de los hackers, aventureros por excelencia, pone en riesgo gobiernos y parejas.

El lado bueno del asunto es que hay menos censura. El lado oscuro es que no hay límite: las redes suelen convertirse en una vidriera por la que desfilamos aunque no sea nuestro deseo desfilar. Cualquiera de nosotros está expuesto y es expuesto sin permiso. No se trata de ser tramposos: todos estamos siendo vigilados. Tal vez todos compartamos en algún lugar aquella genial declaración de Dalí: “Yo quiero que hablen de mí, aunque sea bien”.

Categoría: Opinión