El imperio no es malo… El relato de mi primer viaje a Miami

-En farmacias como CVS se pueden hallar cualquier tipo de medicinas. En su mayoría trabajan 24 horas.

-Target, Publix, Whole Foods o Walmart son más que suficientes para realizar el mercado para toda la familia.

-La presencia policiaca puede sentirse y observarse a todas horas, en cualquiera de las calles que conforman Miami.

Publicada por: el aidamoubayedrr670am@gmail.com @Moubayed_Aida

Muchas son las críticas que ha hecho el Gobierno venezolano contra Estados Unidos, o como lo llama el chavismo, el imperio. Si prestamos atención, podría parecer que no es para nada fácil, por no decir malo, vivir en la nación americana. “Váyanse al carajo yanquis de mierda”, eran las palabras con las que el expresidente Hugo Chávez se permitía “demonizar” al que consideró su principal enemigo.

La tensión entre las dos naciones ha sido contundente desde el mandato de Chávez, éste, al igual que su sucesor Nicolás Maduro, han acusado al “imperio” de asesinos, de orquestar golpes de Estado en su contra, de sumergir a la población estadounidense en la mayor miseria, y pare de contar.

Cómo olvidar aquél momento previo a la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en el que Chávez tildó a George Bush de genocida… entre otras cosas: “Eres un ignorante, burro, hombre enfermo, inmoral, cobarde, mentiroso, genocida, mata niños, borracho, ridículo. ‘Mister danger’ (señor peligro) te metiste conmigo pajarito, y yo te voy a recordar desde acá, desde las sabanas de Apure, donde los llaneros le hicieron morder el polvo a los imperialistas que aquí vinieron”, dijo el exmandatario el 19 de marzo de 2006.

Por supuesto, a esto hay que agregarle una frase casi célebre: “Ayer el diablo vino aquí, en este lugar huele a azufre”, seguida de “el imperialismo se debe acabar”, exhortaba Chávez, haciendo referencia a que Bush había pronunciado su discurso en la misma tarima de la ONU el día anterior. Este, por supuesto, es solo uno de los tantos insultos y arremetidas que ha hecho el Gobierno contra EE UU.

Pero ¿cómo saber si algo es bueno o malo sin conocerlo? Con la intriga a cuestas visité Estados Unidos, por primera vez; y sí, tengo que admitirlo, el impacto fue brutal.

ANTES DE PARTIR

Antes de salir de Venezuela, vía al Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar (eran como las 4:30 de la madrugada), pasé justo al lado del Abasto Bicentenario ubicado en el C.C. Palo Verde en Caracas, a esa hora, y aunque parezca ilógico, observé una cola de 10 o 15 personas que esperaban que abriera el supermercado, evidentemente para comprar los productos regulados y escasos. Aunque era muy temprano, ese tipo de colas se convirtió en natural y normal a las afueras de los abastos del país.

YA EN EL “IMPERIO”

Ingresé en el avión con destino a Miami, Florida, la atención fue impecable, aire a gusto, sillas cómodas, comida excelente y las aeromozas al tanto de cada detalle que podía hacerle falta a cada uno de los que estábamos a bordo. El viaje se me hizo bastante rápido para durar poco más de tres horas.

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

Al pisar Miami, hasta el aire era distinto. Las calles limpias, carros último modelo, la atención en cada lugar fue insuperable, pero hubo algo que me llamó más la atención que todo lo anterior: la seguridad física. Pude estar tranquila por Miami con mi teléfono inteligente a la vista de todos sin la preocupación de que alguien lo hurtara, cosa que fue difícil de digerir pues aún estando ahí, en ese país de primer mundo, “algo” en mi cerebro me decía que escondiera el teléfono en la calle, o que no lo contestara mientras estaba dentro del carro, pues ese “algo” estaba esperando (o previniendo) que un motorizado tocara el vidrio con un arma y me robara…pero eso no sucedió, todo estaba en ese chip que te produce vivir en Venezuela.

“NÚMERO DE CÉDULA”

Me encontré con unos paisanos venezolanos que viven en Miami desde hace un año, salieron del país suramericano y llegaron a la tierra del Tío Sam pidiendo asilo, huyendo de la inseguridad, los precios “injustos” y buscando una mejor vida, sobre todo para sus hijos.

“Cuando nos fuimos la vaina estaba mal, pero cada vez está peor. Imagínate, cuando yo me fui el kilo de carne, el más caro que podías conseguir, estaba en 250 bolívares, ahorita la compras, si es que la consigues, hasta en más de mil bolívares. Eso es una locura”, me dijo Elizabeth, al parecer más impresionada que yo por la rapidez con que aumentan los precios de los productos en Venezuela.

Llegamos a Publix, una cadena de supermercados estadounidense, que tiene nueve plantas de fabricación de la propia marca que producen sus productos lácteos, charcutería, una panadería y otros productos alimenticios. Como buen venezolano, al que le puede faltar cualquier cosa menos sentido del humor, Alejandro (otro paisano residente en Miami) me dijo: “Epa, no vas a poder comprar…hoy no te toca, es por número de cédula”. Las risas no faltaron, pero sí, fue un cruel chiste negro, que al fin y al cabo no escapa de la realidad venezolana, esa donde tienes que esperar que sea el día que te corresponde, dependiendo del número en que termine tu documento de identidad, para ir a los supermercados, hacer cola y rezar que haya llegado lo que necesitas.

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

En Publix fue maravilloso, casi supremo, los productos estaban al alcance de tu mano (con la posibilidad de elegir entre una cantidad bastante considerable de marcas); las personas compraban con calma, sin la premura de que “tienes que llevarte lo que consigas porque quizás, cuando vuelvas, no va a haber”; y lo mejor, no había cola, ni siquiera para pagar.

Pasear por pasillos repletos de papel higiénico, leche de todo tipo (la cotidiana, de soya, de almendras, entre otras), detergente en toda su variedad y hasta cereales que jamás había visto, fue, por ponerle un adjetivo que trate de describir lo que se sintió, delicioso. Claro, el impacto y la emoción que puede ocasionarle a alguien encontrar algo tan simple como papel de baño es entendible cuando vives en un país donde es una odisea comprar lo más mínimo.

MEDICINAS

Visité un par de CVS Pharmacy, la segunda mayor cadena de farmacias en Estados Unidos. La cantidad de medicinas que pude ver fue así como un golpe en la cara, habían medicamentos de todo tipo, acetaminofén e ibuprofeno en todas sus presentaciones, esto por solo nombrar dos fármacos que son casi imposibles de conseguir en Venezuela, y si los encuentras, solo te permiten llevar una cantidad limitada. En cambio en el “imperio”, podía comprar lo que quisiera, y no conforme con eso, con la compra de un empaque me regalaban otro.

Crédito: Fred Prouser / Reuters

¿Es natural que te sorprendas por ver acetaminofén? El asombro que puedes sentir por hallar artículos tan básicos pasa a ser hasta ridículo, y claro, entiendes que no es que el “imperio sea malo”, es que a Venezuela, lamentablemente, la tienen mal, porque a fin de cuentas no es el país, son las personas quienes destruyeron con los pies lo que en algún momento se hizo con las manos.

Absolutamente todo lo que se me ocurrió pedir, que no encuentro en Venezuela, ahí lo hallé, en un mismo lugar, a un precio bastante bajo (si no llevas el dólar al precio en bolívares en el mercado negro, sino sería mucho más costoso), con la posibilidad de poder adquirirlo las 24 horas del día, los siete días de la semana. No sé si es agradable o triste, pero estos sitios se pueden convertir en un paraíso cuando vives en una “zona de guerra”.

VEHÍCULOS

Respiro profundo para hablar de la adquisición de vehículos en Estados Unidos, es fantástico, vas al concesionario, eliges el modelo, el año, el color, y listo, en dos horas tienes tu carro, con la posibilidad de pagarlo de contado o en cuotas. “Este Toyota que tengo es de 2014, me costó un poco más caro porque pedí que le colocaran asientos de cuero y GPS. Solo di la inicial, que fueron 4.000 dólares y los pocos documentos que me pidieron, pero el proceso es muy fácil”, me explicó Mariela.

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

Y cómo no va a ser fácil, si el ciudadano promedio recibe un salario mensual de entre 2.500 y 3.000 dólares, suficientes para vivir cómodamente y poder ahorrar para adquirir lo que cada quien considera esencial. Pero es evidente, en Venezuela no es igual, ni cerca, hace mucho se dejaron de observar los carros en los concesionarios; ahora, si deseas adquirir un vehículo nuevo, debes anotarte en una lista de espera (si es que la hay), pues desde 2014 no llegan carros, y los que podrían llegar, son para aquellas personas que están en espera desde los años 2012-2013.

Los precios son justos y están actualizados, pero no tenemos el producto y no sabemos cuándo pueda llegar. El más económico cuesta más de 700.000 bolívares”, le decía la recepcionista de la agencia Chevrolet de La Urbina, en Caracas, a un equipo de Sumarium que llegó al sitio.

¿En serio? ¿El más barato en 700.000? (y ojo, depende del precio en el que esté el dólar paralelo… podría ser más caro) ¿A eso le llaman “justo”? Poniéndolo en contexto, el salario mínimo en Venezuela está alrededor de Bs. 10.000, incluyendo los tickets de alimentación, partiendo de esto la pregunta es sencilla: ¿Cómo reúne un mortal para comprar un carro en semejante precio? Saque usted su cuenta.

COMIDA PARA MASCOTAS

Los mascotas suelen considerarse parte de la familia, por esto muchos dueños destinan el mejor cuidado para ellas, sobre todo cuando estas ya tienen una edad considerable. Pero usted puede dirigirse a cualquier tienda de animales en Venezuela y tratar de adquirir un alimento especial, ¿adivine qué? no lo va a conseguir, y si lo halla, adivine otra cosa, es muy caro, ¿por qué? porque la mayoría de estos productos son importados con dólar paralelo.

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

Al pensar en mi perra, que tiene 11 años de edad , fui a Petco, uno de los grandes almacenes dedicado exclusivamente al cuidado de los “consentidos del hogar”, y como en las anteriores tiendas, había de todo, desde comida para el cachorro hasta para el perro con más edad. Para cuidar su pelaje, sus dientes, su estómago y cada parte de su cuerpo. No solo habían productos caninos, también para gatos, pájaros, peces, y pare usted de contar todos los servicios que encontré en un solo lugar.

Es la cruda realidad, ni alimentos para animales se consigue en Venezuela por el mismo problema del resto de productos: las importaciones y lo costoso que resulta con el dólar negro. En serio, no es por menospreciar la “tierra de Bolívar”, porque nada de culpa tiene, el verdadero inconveniente es que al pasar los años, a esa nación tan rica no la han sabido manejar, lo que sí han sabido hacer es despilfarrar y echarle la culpa de los males a otro.

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

REGRESO

Los días que estuve en el país del Tío Sam pasaron volando, con par de cosas en la maleta me fui al Aeropuerto Internacional de Miami, en el camino aún no me dejaba de sorprender lo impecable con que los “gringos” tienen las calles. “Tranquila, cuando llegues al aeropuerto empezarás a sentir el ambiente venezolano, lo primero que tendrás que hacer será una cola”, así interrumpía Elizabeth mi concentración en el paisaje. “Ya vas a ver, en lo que tengas que registrarte ya van a empezar a tratarte mal, así como en ‘casa'”.

¿Qué es lo más delicado? ¿Que hagan chistes o que digieras que al final es algo cierto? Antes de registrarme pasé embalando mis maletas, “por si acaso” me las abrían de regreso a Venezuela. “¿Por qué te vas? si aquí es tan bueno”, me decía el embalador del aeropuerto, un hombre blanco, de estatura media, amable y con acento cubano. Solo pude responderle que debía regresar a mi “jungla” a hacer lo que mejor puedo hacer por ella, trabajar.

Efectivamente, Elizabeth tenía razón, para hacer el primer paso, que era registrarme, tuve que hacer una cola algunas horas antes de que abrieran las casillas. “¿Ves? Eso es para que te vayas amoldando y vuelvas a la realidad”, seguía ella, esgrimiendo una risa burlona, casi macabra.

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

En el siguiente punto solo pude ver cómo un hombre tomó las maletas, incluyendo la mía, y literalmente las lanzó en el carrito donde las transporta de un lado a otro; por mi mente solo pasaba: “Gracias a Dios no tengo nada de vidrio ahí”, al mismo tiempo él iba con un “bueno, permiso pues”, en tono molesto, medio agresivo.

Sin más que hacer, me despedí de quienes me acompañaron en esa corta travesía, la que me hizo sentir que Venezuela, mi país, mi bello país, puede estar mejor, de hecho, puede estar excelente. Solo falta una cosa, gente que de verdad lo quiera y que no solo vele por sus intereses propios, sino por los intereses de una masa de distintas ideologías, que comparte algo en común: un pedacito de mapa mundi.

El viaje de vuelta fue pésimo, la atención no era tan buena, la comida estaba casi helada y para cerrar con broche de oro, el avión llegó a Maiquetía con retraso. Llegué a Caracas a eso de las cinco de la mañana, estaba como en el principio, pasé justo al lado del mismo Abasto Bicentenario, y estaba prácticamente la misma cola, solo que eran otras personas. Mi temor volvió, una vez fuera del avión no saqué más mi teléfono hasta llegar a casa, donde me siento segura, o por lo menos creo que no pasará nada.

Es verdad, el imperialismo no es malo, todo lo contrario, pero también hay otra cosa muy cierta, si a Venezuela no la tuvieran en las condiciones actuales, el imperio y cualquier otro país que esté repleto de papel higiénico, será siempre una nación más, un sitio donde el estar unos días se convertirían en suficientes para querer regresar corriendo a tu verdadero hogar.

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

Crédito: Aída Moubayed / Sumarium

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