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Entre Cristina, Sócrates y Tinelli

En medio de los fragores de estas horas, tanto Gobierno como oposición podrían echar una mirada a la historia, que suele enseñar con las glorias o desgracias de políticos de tiempos distantes.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Editorial El Clarín) La Presidenta sigue usando la cadena para promocionar su gestión o impulsar o desdeñar candidatos con su dedo monárquico. Así, de un plumazo y en pocas horas, luego del extraño reclamo en su boca de “un baño de humildad” logró despejar el horizonte electoral del kirchnerismo: sólo Scioli y Randazzo competirán en la interna presidencial. Oficialismo y oposición se pelearon a los codazos, como si discutiera política de alto vuelo, por haber estado o haberse quedado afuera del show de Tinelli, una vidriera de 3 millones de personas, no acostumbradas a la comidilla de la trastienda política, pero con poder de voto.

Quiérase o no, la campaña gira al ritmo que impone la Presidenta con sus sermones y esa admitida y novedosa necesidad de tener a mano un antídoto para leer los diarios, una “cajita feliz” con buenas noticias. En medio de los fragores de estas horas, tanto Gobierno como oposición podrían echar una mirada a la historia, que suele enseñar con las glorias o desgracias de políticos de tiempos distantes.

En su libro “Las 48 leyes del poder” el psicólogo estadounidense Robert Greene, quien buceó en el carácter de los hombres y sus estrategias del poder, cuenta que al principio de su carrera el ambicioso estadista, general y orador ateniense Alcibíades desarrolló un arma poderosa que llegó a ser fuente de poder: su capacidad de seducción a través del uso, a veces excesivo, de la palabra. Tranquilamente, podría ser un político, o política, de hoy.

Según Greene, el primero que cayó bajo el hechizo de Alcibíades fue el filósofo Sócrates, pese a que Alcibíades representaba lo contrario del ideal socrático de sencillez y honestidad: vivía con lujo y carecía de cualquier clase de principios. Sin embargo, cada vez que se encontraba con Sócrates reflejaba sobriedad y hablaba sólo de filosofía y virtud. Tranquilamente podría figurar en el listado de quienes peregrinan hoy al Vaticano a colgarse de la sotana de Francisco, antes Bergoglio.

Alcibíades era un orador brillante y adecuaba sus palabras para reflejar la nostalgia de los más viejos por los gloriosos años en los que Atenas condujo a los griegos contra Persia. Pero, debido a sus hábitos libertinos, debió refugiarse en ese país, donde lo cautivó la voluptuosa vida de los persas, quienes lo cubrieron de honores, le regalaron tierras y le otorgaron poder. Celebraron su deslealtad. Alcibíades dividió a sus pares en “buenos” y “malos”, de modo arbitrario. Pasó de un bando a otro.

Negoció y traicionó todo el tiempo. Tranquilamente, los unos y los otros podrían ser políticos de hoy. Murió asesinado. La civilización política evolucionó: esos unos y otros ahora “se matan” sólo para estar con Tinelli.

Categoría: Opinión