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Escándalo para todos y todas

El triple crimen de los narcos volvió a escena trayendo a ella a Aníbal Fernández. Ya no hay escándalo que asombre.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Editorial El Clarín)- Parece más de lo mismo pero no es más de lo mismo. Lo viejo es la corrupción: el Estado usado para negocios personales. Lo nuevo que es viejo pero aparece más ahora es la corrupción asociada al tráfico de drogas y al asesinato narco.

En esta historia hay de los dos. Ahora sabemos más sobre lo que pasó. Y a lo que pasó es difícil encontrarle un paralelo: el poder político detrás de la masacre de General Rodríguez en 2008.

Eran tres proveedores de efedrina a narcotraficantes. Competían con otros o se habrían quedado con el negocio de otros. Los mandaron a matar. La efedrina es un químico dual: sirve tanto para hacer remedios como para fabricar drogas sintéticas.

La Sedronar, el organismo antidroga, tenía mucho de droga y poco de anti. Debía controlar el uso de la efedrina y abrió una ruta narco: permitió que las compras desde China se multiplicaran por quince.

Este domingo, Periodismo para Todos reveló algo más que vista gorda: la efedrina también ingresaba al país bajo otra denominación. Nadie sabe cuánta entró por esa doble vía. Sí se sabe que como entró salió, sobre todo hacia México, que en su lucha contra los carteles había prohibido la importación.

Un kilo de efedrina podía valer afuera mil veces lo que costaba acá y alrededor de ese fabuloso negocio se montó una trama de funcionarios negligentes y funcionarios corruptos y de policías y gendarmes sólo corruptos. También de dueños de droguerías que vendían unos medicamentos robados y otros efedrina. Narcoempresarios.

Algunos o muchos aportaron a la campaña de Cristina del 2007.

Nunca se llegó hasta los autores ideológicos del triple crimen. Las declaraciones de uno de los condenados, Martín Lanatta, y del ex comisario Luis Salerno contribuyen a echar luz en ese enigma. Lanatta hacía negocios para y con el RENAR, que controlaba Fernández. Salerno vendía remedios truchos. La tesis de los dos es una: Aníbal brindó protección política a la banda.

Es difícil dar credibilidad a condenados. Pero la obligación es investigar lo que dicen. El jefe de los ministros y ahora precandidato a gobernador repite como un tic que todo es una operación armada en su contra desde el propio kirchnerismo.

Debe saber por qué lo dice. Apuntó a Julián Domínguez, su rival en la interna, para no elevar el tiro contra el propio Scioli de quien verdaderamente sospecha. Es paradójico: el escándalo afecta a Scioli en el distrito donde debe hacer la diferencia.

En otro país, hubiera causado conmoción. Pero la Argentina se ha ido anestesiando a fuerza de escándalos. También de la certeza que no pasará nada.

Categoría: Opinión