¿Fin del Partido Republicano y de la democracia liberal en EE UU?

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(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium).- Vilma Petrash, politóloga y profesora universitaria, se refirió en su más reciente artículo a la candidatura de Donald Trump por la Casa Blanca y a las primarias del pasado 3 de mayo en las que el magnate logró la nominación republicana.

El artículo íntegro

La fecha del 3 de mayo de 2016 pudiera ser recordada en la historia política de los EE.UU. como el momento en que la democracia americana perdió sus fundamentos filosóficos liberales, para convertirse en una “democracia iliberal”. Es decir en una democracia signada por la irrupción telúrica de una figura sin los filtros ideológicos ni las restricciones de comportamiento exigidas a los políticos tradicionales, de tendencias radicales nativistas y populistas y de personalidad autoritaria e histriónica contra la cual los padres fundadores de los EEUU creyeron haber inoculado, mediante un negociado sistema de frenos y contrapesos, al proceso político estadounidense.

Puede también que esa fecha consagre el inicio de la desaparición de uno de los pilares del bipartidismo prevaleciente y su reemplazo por un tercer partido nacido no solo de las entrañas de un partido en crisis existencial, sino de las fuerzas profundas nativistas-autoritarias-aislacionistas de la sociedad estadounidense.

Recordemos que el martes 3 de mayo fue el día en el cual Donald Trump logró la nominación republicana tras una victoria de 53% de los votos en la primaria de Indiana, frente al casi 37% de su rival conservador republicano, y última esperanza del desesperado establishment republicano de frenar la nominación de la opción personalista del magnate inmobiliario y telecelebridad de Nueva York.

Ciertamente mi anterior apreciación pudiera lucir un tanto exagerada, pero a la luz de la apabullante “toma hostil” de uno de los principales pilares de la partidocracia norteamericana por un empresario autoritario sin principios ideológicos claros, gracias a un sorprendente apoyo popular intra y suprapartido que desafió los pronósticos de los más avezados estrategas y comentaristas políticos, es incluso posible que esa oleada de votantes resentidos lo encumbre a la más alta posición electa del otrora blindado sistema democrático presidencialista de EE.UU.

Empecemos por recordar que lo ocurrido con la toma trumpista del Partido Republicano fue el resultado de fuerzas que ya se venían gestando dentro de dicho partido y en la sociedad estadounidense. En los últimos años las encuestas de opinión pública habían venido revelando el profundo grado de desconfianza, frustración y resentimiento de los estadounidenses con la política y los políticos tradicionales y sus instituciones representativas. Sentimientos que se fundamentaban en la percibida desconexión de la clase política gobernante con la realidad psico-social de inseguridad económica, estancamiento salarial, deterioro social y pérdida de futuro que experimenta hoy buena parte de la población estadounidense.

Además, con la ayuda de las llamadas “guerras culturales” que han venido enfrentando a los grupos conservadores y ultraconservadores con los liberales políticos y su “agenda multicultural”, la mencionada frustración social, racial y etno-cultural dio lugar a movimientos suprapartidistas sociopolíticos como el Tea Party y Ocuppy Wall Street, hoy por hoy convertidos en fuerzas sociales antisistema que están implosionando a la partidocracia estadounidense. Es decir, que lo que antes eran grupos de protesta minoritarios que devenían en terceros partidos capaces de afectar las probabilidad de victoria electoral de uno de los dos grandes partidos del establishment (y que al final terminaban siendo absorbidos por ese bipartidismo duro), ahora se han transformado en poderosos tsunamis sociopolíticos que pudieran arrasar desde adentro con los pilares del esquema bipartidista dominante, pues no sólo están desmoronando ideológica e institucionalmente al GOP, sino que también están erosionando los cimientos ideológicos e institucionales del Partido Demócrata y el otrora predecible y amplio piso electoral de la única candidata sobreviviente del establishment.

Pero en el caso específico del partido republicano, es evidente que un factor que potenció con especial virulencia el malestar y frustración anti-sistema encarnado por Trump, fue la elección en 2008 y reelección en 2012 sobre una plataforma centro-izquierdista de “esperanza y cambio” de un líder “salvador” y outsider del tradicional esquema racial y político gobernante en los EE.UU., que como tal logró apelar a minorías raciales y étnicas, mujeres, jóvenes y sectores del establishment liberal-progresista: se trató del primer presidente electo con el concurso de una plataforma electoral sustentada en las nuevas tecnologías y en las entonces emergentes redes sociales, y capaz de movilizar a esa coalición electoral multicultural más allá de los linderos de poder y control de la clase política tradicional.

De la reacción contra el líder ungido por el establishment liberal y el país multicultural emergería no solo el Tea Party, sino legisladores electos sobre esa plataforma para obstruir la agenda liberal obamista tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. Una criatura directa de esta nueva ola reactiva conservadora sería el Senador por Texas Ted Cruz, un abogado radicalmente constitucionalista electo en 2012 acusando a su oponente republicano de ser un miembro débil del establishment maligno, y quien se convirtió para prominentes republicanos electos en la “encarnación de Lucifer” por su disposición a paralizar literalmente el gobierno, pero en un auténtico héroe para las bases conservadoras. Fiel a su discurso anti-establishment Cruz mantendría su crítica al “cartel de Washington” hasta las últimas horas de su fallida campaña por la nominación republicana.

Pero sería precisamente su obstinada oposición al establishment y su papel en energizar esa presunta rebelión de las bases ultraconservadoras lo que coadyuvaría a dar empuje a la candidatura populista radical y antisistema del outsider Trump que prometía nebulosamente poner a “América primero” y “hacerla grande de nuevo”. Y todo ello porque como lo demostró la ruta no ortodoxa de Trump hacia la nominación, la rebelión conservadora era en realidad menos ideológica y más emocionalmente mobilizable por sentimientos de miedo, inseguridad, rabia, resentimiento y revanchismo, y por tanto más conectada con una potente ola de ansiedad y descontento popular que trasciende las líneas partidistas tradicionales y que puede llevar a un voto castigo mayoritario contra todo lo que se perciba como parte de la política tradicional.

Es pues claro que ese voto antisistema de una coalición post-partidista y post-ideológica poderosa e inédita que clama fervorosamente por un liderazgo fuerte, nacionalista y aislacionista puede terminar incluso arrollando a la única candidata con posibilidades de preservar los fundamentos filosóficos liberales de la democracia estadounidense.

Sobre todo porque quien se ha posicionado como el castigador de un sistema político popularmente percibido como traidor, corrupto, empobrecedor de las mayorías, y entreguista a las fuerzas capitalistas de la globalización y el libre comercio es un empresario post-ideológico y pragmático dispuesto a violar todas las reglas del juego político, y a atacar y estigmatizar sin clemencia a sus adversarios con la ayuda de sus seguidores online y de unos medios obsesionados con los ratings del espectáculo electoral estadounidense. Un empresario y telecelebridad que tras su aplastante victoria en Indiana tuvo la desfachatez de declarar: “Soy un conservador, pero en este punto en el que estamos ¿a quién le importa?”.




Categoría: Mundo | Claves: Vilma Petrash