Hosni Kaliya, el hombre que se inmoló para morir, pero sobrevivió

“Me sentí como un insecto pisoteado”.

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Crédito: Webdo Tn / YouTube

(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium).- Hosni Kaliya, un joven conserje de un hotel Susa, trató de pasar a la historia inmolándose como lo hizo Mohamed Bouazizi, quien inició la llamada “Primavera árabe”. Hosni cometió el error de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Ahora saca una conclusión estremecedora: el sacrificio no valió la pena. “Ojalá hubiera muerto”.

Se encontraba disfrutando de unos días de vacaciones en su ciudad de Kasserine, en la cordillera del Atlas, a unas tres horas al sur de la capital. Hosni era la imagen del éxito entre los suyos. Trabajaba para los turistas, siempre pródigos en propinas. Vestía bien. Tenía dinero. Y encima se daba el lujo de aspirar a un futuro mejor. Demasiada cordura para lo que podían tolerar unos esbirros del régimen que se cruzaron en su camino, reseña una nota de La Información.

Le pidieron sus documentos. Estaba todo en regla, pero eso era lo de menos. Ya estaba condenado. “¿Sabes por qué estamos aquí?”, le preguntaron los policías. “Para joder a tíos como tú”. Aquellas palabras preludiaron una batería de insultos, golpes y vejaciones.

Al día siguiente, Hosni interpuso una denuncia en una comisaría. Se presentó ante la policía de una dictadura para acusar a la policía del mismo régimen. Tres días más tarde se topó por la calle con uno de los agentes denunciados, justo el mismo que le había pegado tantos puñetazos en el estómago que le hizo vomitar. Ahora no fueron puñetazos, sino golpes de porra. Cometió el error de defenderse. Llegaron otros policías. La lluvia de golpes se transformó en una tormenta perfecta. Le llegaron a vaciar un bote de gas lacrimógeno en la cara. “Me sentí como un insecto pisoteado”, recuerda.

Al terminar, sólo le quedaron fuerzas para arrastrarse hacia una gasolinera. Había perdido la razón y -creía él- la dignidad. Cogió un bidón y se roció el combustible por todo el cuerpo. “No sabía lo que estaba haciendo”. Y encendió un mechero. No hacía ni tres semanas que Mohamed Bouazizi, el joven frutero, se había inmolado frente a la comisaría de policía.

Hosni Kaliya, envuelto en vendas, se debatió entre la vida y la muerte en un hospital de Túnez durante ocho meses. Pero bastaron apenas diez días desde su intento de suicidio para que el régimen del dictador Zine El Abidine Ben Ali, que se había hecho con el poder con un golpe de Estado en 1987, colapsara devorado por llamas que olían a carne humana. Carne de tunecinos como Mohamed y Hosni.

No, no mereció la pena. Es la reflexión que ofrece Hosni, cinco años depués de aquellos acontecimientos. Si él hubiera sabido lo que iba a ocurrir detrás de su intento de suicidio, no lo habría llevado a cabo. Su vida es hoy un infierno, como el que hoy viven tantos países árabes, especialmente Siria. “¿De qué ha servido?”, se lamenta. “Yo no creo en la revolución. No sabía lo que iba a pasar”.

El fuego dañó su tráquea y sus pulmones. Hosni sabe que no debe fumar, pero lo hace. A sus 42 años tiene claro que ya ha vivido lo suficiente: “Me gustaría morir”.

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