El primer día de Leopoldo en Ramo Verde, contado por él

"Durante todo el largo tiempo de la audiencia, los fiscales no me miraron a los ojos"

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium) Leopoldo López dio a conocer que revelará sus vivencias luego de ser detenido en Ramo Verde. Los escritos que son “notas sueltas, libretas enteras, anotaciones, ideas que surgen de momento, con interrupciones inesperadas, arbitrarias, y unas letras que denotan urgencia y brío” se continuarán publicando en los próximos días. A continuación el primer texto íntegro:

El día que llegué a Ramo Verde

Me presenté ante una justicia injusta.

Fui encerrado en la prisión de Ramo Verde el 18 de febrero a las once y media de la noche. Ese día me había despertado a las tres de la mañana. A las 4 am salí escondido en la maleta de un carro desde mi sitio de clandestinidad, pasé 45 minutos hasta llegar a Caracas. Durante esos 45 minutos que parecieron horas, no dejé de pensar en las víctimas del secuestro que son sometidas y trasladadas de esa forma. Estaba sensibilizado con el tema puesto que días antes habían secuestrado y asesinado al hermano de un buen amigo mío. Pensé en mi familia, en mis hijos y sobre todo pensé dónde iba a terminar ese 18 de Febrero.

Mi presentación la tenía planeada para las once, justo en medio de una concentración convocada por ese motivo. Llevaba seis días en clandestinidad y Nicolás Maduro había anunciado el despliegue de todas las fuerzas públicas en búsqueda “del terrorista Leopoldo López”. Me buscaban con afán, allanaron mi casa, la de mis padres, la sede de Voluntad Popular y, fusiles en mano, detuvieron a varios compañeros que encontraron en ella.

Logré llegar a la concentración en moto. Fueron minutos tensos, tuve que pasar por un punto de control de la Guardia Nacional y pude hacerlo porque no me quité el casco integral. Al llegar hasta donde estaba la multitud sabía que ya no me podrían detener, fue entonces cuando me quité el casco. Caminamos hacia la plaza Brión. No había ninguna tarima ni sonido. Solo había gente, muchísima gente, mucha más de la que podía haberme imaginado, todos de blanco, en alusión a la paz, como habíamos pedido en la convocatoria (hecha mediante video grabado en mi corta clandestinidad). El llamado se había hecho por las redes sociales, de manera artesanal. Nunca voy a olvidar la inmensa solidaridad y el cariño que me trasmitió ese día el pueblo de Caracas, pueblo por el que, sin dudarlo ni un segundo, haría mil veces el mismo sacrificio.

Al llegar al final de la concentración decidí subirme a la estatua de José Martí que, como recordatorio curioso, había sido remodelada durante mi gestión como alcalde de Chacao. Desde allí dije unas cortas palabras con la ayuda de un megáfono. Expliqué que me sometía a las autoridades del régimen porque no había cometido ningún delito y porque para mí no era una opción irme del país ni esconderme y jugar a la clandestinidad como seguramente quería el Gobierno. Estas fueron mis palabras, son la mejor prueba de mi inocencia y creo de manera firme en su contenido:

Quise también asegurarme de que la situación no se desbordara en razón de mi decisión: “Les ruego que cuando pase el cordón de la guardia nacional se mantengan en paz. No quiero violencia”.

Soy inocente de los delitos de los que me acusan y asumí de manera franca la responsabilidad de haber convocado una protesta. Esa era y sigue siendo mi mayor fortaleza.

Para despedirme de los caraqueños les dije de todo corazón un mensaje que he repetido siempre a todos los venezolanos en todos los rincones de la patria: “Les pido que no perdamos la fe”. Eso es fundamental para mantener la resistencia a este Gobierno autoritario, la fe que los venezolanos debemos tener en nosotros mismos, en nuestra inagotable capacidad para salvar los obstáculos y continuar el camino de la democracia, la libertad y el bienestar.

Al concluir, ya en compañía de Lilian, de mis padres y otros tantos líderes y activistas de distintos partidos fui hasta la barricada detrás de la que se apostaba la GNB. Allí estaba el Comandante General de la GNB, General Noguera, acompañado por el General (B) de la GNB, Benavides. Ambos insistieron en que me pusiera un casco y un chaleco antibalas —quizás buscando reforzar la especie, generada por el Gobierno, de que habría un atentado en mi contra, o para presentarme como un criminal—, obviamente tenía que negarme a hacerlo. Ellos me detuvieron formalmente y me metieron en una tanqueta de las desplegadas en el lugar. Había mucha gente, miles de personas. Pedimos apoyo y aplicamos la no violencia como estrategia. Pasaron tres horas entre un mar de gente hasta que pudimos salir en paz y sin agachar la cabeza.

Llegamos a La Carlota, a los minutos llegó Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional. De ese encuentro hablaré más adelante. Dio la orden de que abordáramos tres helicópteros que se dirigieron a Fuerte Tiuna. No había otra manera de salir. Todas las entradas de La Carlota estaban tomadas por la gente, por el pueblo noble de Caracas que manifestaba en contra de mi detención. Desde el helicóptero pude ver la inmensa cantidad de gente que había acudido a manifestar, cientos, miles de caraqueños en las calles aledañas.

De Fuerte Tiuna fuimos en una caravana de vehículos hasta el Palacio de Justicia. El vehículo donde me encontraba fue conducido por Diosdado Cabello. Al llegar tuvimos que esperar pues no estaban listas las actas ni los papeles relacionados con mi caso. No podían estarlo, todo es forjado e inventado.

Esperamos y, a las dos horas, tuvimos la audiencia donde la Jueza 16 de Control me dictó medida privativa de libertad en la cárcel militar de Ramo Verde. La audiencia no concluyó y se pautó continuarla al día siguiente.

Del Palacio de Justicia a Ramo Verde me trajo también una caravana. En la camioneta donde venía estaba Diosdado, quien la conducía, el general Noguera y el general Hernández Dalla. La caravana era de unas diez camionetas y diez motos. Llegamos a las once de la noche. Al llegar nos recibieron, en formación, la oficialidad y los soldados que tienen a su cargo la custodia del penal, unos ciento veinte hombres en total. La presidía el coronel (GN) Humberto Calles. Su saludo fue: “Chávez vive, la lucha sigue”. Un saludo político que muestra el sometimiento de la Fuerza Armada por y a una parcialidad política partidista, en evidente violación de la Constitución. Saludo que se repite en todas las guarniciones, en cada formación y en cada oportunidad en que un militar se dirige a otro. No obstante, por lo visto durante estos meses en prisión no es compartida por la gran mayoría uniformada.

Me llevaron a la entrada y de allí al anexo. Un edificio apartado en donde solo había una celda “normal”, el resto eran las celdas de castigo o “tigritos”, como se les llama en la jerga del penal. Subimos tres pisos, el pasillo era oscuro, las paredes estaban quemadas y había mucho polvo en el piso. Llegamos a mi celda, me entregaron una sábana, un jabón, pasta de dientes y un cepillo. “Hasta mañana. En la mañana tiene audiencia”, me dijeron a manera de buenas noches. Se cerró la puerta, una reja de hierro pesada, con refuerzo de barrotes y una plancha con un pasador grueso de cabilla donde va un candado Cisa de los más grandes que he visto. Se cerró la puerta y luego los candados de la entrada al anexo. El ruido lo percibí con un eco hondo que subió las escaleras anunciándome, o recordándome, que esta es una cárcel. Es el ruido más característico de este lugar, un sello de sonido que dice: “Estás preso”.

La audiencia de presentación debió ser en el Palacio de Justicia de Caracas, pero la decisión del régimen fue no sacarme de Ramo Verde y hacer el acto en un “tribunal móvil”, un autobús que estacionaron a las puertas de la prisión (supongo que para cumplir con la formalidad de ser juzgado fuera de un penal militar). La audiencia duró doce horas y al final, luego de escuchar los absurdos alegatos de la Fiscalía, como ya estaba decidido por Maduro y su gobierno, me dejaron preso.

Durante todo el largo tiempo de la audiencia, los fiscales no me miraron a los ojos. Al final, uno de ellos, Franklin Nieves, se acercó y me dijo: “Lo siento mucho”. Me ofreció un chocolate y unos caramelos de menta. Los recibí y me dije, este hombre sabe que lo que está haciendo está mal, pero es prisionero del sistema, de la dictadura, tanto como lo puedo ser yo. Ya vendrá el tiempo de la liberación, para él, para los militares y para todos los venezolanos.

Así fue mi llegada, mi primera noche. Esa primera noche en la cárcel es quizás la más larga. Es un punto de transición, de cierre de una etapa y el comienzo de otra. Esas largas primeras horas, echado en la cama, viendo el techo recordaba todo lo que había pasado desde el 12 de febrero: la clandestinidad, los allanamientos, la persecución y la presentación ante la justicia injusta. Pude asimilar entonces los eventos de ese 18 de febrero que comenzó en la maleta de un carro, la gente, los tribunales, un vuelo en helicóptero, la llegada a este sitio y el cierre de la reja con ese sonido. Desde ese día, aún 18 de febrero, hasta el 23 de septiembre, siete meses, estuve encerrado en la celda, en aislamiento, con solo una hora al día de patio.

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