El escandaloso robo que llevó a un oficial colombiano al exilio

Al mayor Andrés* sus reiteradas denuncias lo convirtieron en un enemigo de sus superiores corruptos. Harto de las irregularidades, no cesó a pesar de las amenazas. Hoy vive en el exilio para salvaguardar su vida y la de su familia.

El escandaloso robo que llevó a un oficial colombiano al exilioEl Batallón Fernando Landazábal Reyes, el "descanso" que se convirtió en un infierno para el mayor Andrés*. Créditos: Revista Semana
Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

La historia de Andrés -no es su nombre real- parecía que tendría final feliz. Desde pequeño soñó con pertenecer a las fuerzas armadas colombianas, y a pesar de su baja extracción, sus padres pudieron reunir el dinero para pagar la costosa carrera en la academia de cadetes José María Córdova.

Con solo 19 años, en 1995, se graduó de subteniente y obtuvo su primera asignación: fue destinado a Barrancabermeja, donde la guerrilla y los paramilitares se disputaban la zona a balazos. Supo en ese momento que se ganaría la vida desafiado a la muerte.

Más adelante recorrió Colombia en tareas antiguerrilleras y de inteligencia, e incluso comandó grupos especiales.

Lo que no esperaba Andrés era que, al ser trasladado a uno de los batallones más importantes de Bogotá, su vida diera un inesperado giro que incluso lo ha llevado al exilio, como lo reporta la revista Semana.

EL EXPLOSIVO DESAPARECIDO

Al llegar al Batallón Fernando Landazábal Reyes, en Bogotá, el mayor Andrés fue designado segundo comandante y estaba en el último año para optar por el curso de ascenso a teniente coronel.

Pensó que su estadía en Bogotá era un descanso después de jugarse la vida contra guerrilleros, pero no fue así.

Apenas instalado constató que en un depósito del Batallón estaban almacenados, de forma ilegal, 3 toneladas de explosivos Anfo, que pertenecían a una compañía minera. Además, habían unos 4.500 “estopines”, artilugios que permiten la activación de la misma cantidad de cargas explosivas.

Si bien el hecho era grave, el mayor descubrió más tarde una arista que ensuciaba más el caso: los explosivos habían desaparecido, y nadie podía dar cuenta de ellos.

Halló al dueño de los explosivos, quien le soltó lo siguiente: “Ya cuadré eso con el coronel al igual que el pago de las escoltas”. Así descubrió que los comandantes del Batallón usaban a los soldados como un ejército personal y cobraban por ello.

Como es de esperarse hizo las denuncias, pero sus superiores lo evadieron y lo conminaron a “quedarse quieto” y no hacer preguntas incómodas.

VEHÍCULOS PERDIDOS

Tras otra revisión, encontró un nueva irregularidad. Un contrato de la dirección de transporte con una compañía para reparar cierta cantidad de vehículos que no se cumplió.

Al no encontrar los vehículos ni razones sobre ellos, decidió buscarlos por su cuenta. Halló varios, en deplorable estado y sin las reparaciones que habían sido pagadas. Otra vez realizó la denuncia a sus mayores, quienes otra vez le pidieron dejar todo así y no buscarse “problemas”.

UNIFORMES PERDIDOS

No hizo caso a sus superiores y continuó indagando. Encontró que 7.000 uniformes habían desaparecido. Además, los superiores obligaron a 6 compañías del Batallón a reunir, como pudieran, dos millones de pesos cada una para tapar o disimular la irregularidad.

El dinero se entregó a un encargado de logística, que alteró el sistema para que nadie supiera sobre la pérdida de los uniformes.

SERVICIO DE ESCOLTAS

Lo que rebasó la olla fue el descubrimiento de la existencia de dos cuentas, una a nombre del jefe del Batallón y la otra a nombre del propio batallón, en las cuales se depositaba el dinero que se recaudaba por el ilegal servicio de escolta usando a los efectivos del ejército.

Sus denuncias se encontraron no solo con la negativa de sus superiores, sino con amenazas de muerte contra su pequeña hija, su esposa y contra él mismo.

Cuando los mensajes de texto y llamadas para amenazarlo se hicieron más frecuentes y perturbadoras, el mayor Andrés, a quien además le fue negado injustamente el curso de ascenso, decidió, con dolor, vender sus propiedades y salir de Colombia.

“Es increíble que se pierda esa cantidad de explosivos, camuflados, donaciones y esté embolatado otro tanto de dinero con el que se puede perfectamente atentar contra las mismas instituciones, contra la población civil indefensa, por eso insistí en denunciar”, le dijo el mayor a la revista Semana.

INVESTIGACIÓN TARDÍA

Ya Andrés no está ni en su amado ejército ni en Colombia, pero sus denuncias finalmente no cayeron en saco roto. Las irregularidades llegaron a la cúpula de las Fuerzas Armadas, quienes ordenaron una investigación y sanciones a los responsables.

Varias de las denuncias de Andrés fueron corroboradas. Desde lejos espera que se haga justicia, esa que persiguió y que le costó el exilio.