La inflación venezolana analizada desde un “Toronto”

"Con lo que antes se podía comprar un carro y un apartamento, hoy compras un Toronto"

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium).- Los kioskos del país se han convertido en el indicador más real y tangible de la inflación que se sufre en Venezuela. Todos los vivimos: ese chocolate que comprabamos todos los días con el “sencillo” que nos quedaba, es ahora un lujo, un privilegio que nos damos solo cuando es posible.

A propósito de esta realidad, El Pitazo publicó una crónica de la doctora Edmary Pérez que evidencia cómo el chocolate “Toronto” pasó de ser un dulce que se podía comprar a diario al pago de una consulta médica.

A CONTINUACIÓN EL RELATO COMPLETO:

Desde muy niña fui independiente. Por eso, cuando apenas cursaba tercer grado de primaria me negué rotundamente a seguir llevando a la escuela mi desayuno en una lonchera, yo quería que me dieran dinero para comprar en la cantina y mi madre, después de mucho insistirle, accedió.

Recuerdo que me daba cincuenta bolívares de los de antes (esa moneda que era muy fuerte aunque lo ignoráramos y que ahora solo significa 0,5 bolívares) y como siempre fui mala para las matemáticas me aprendí los billetes por colores. Así que logré que me dieran ese billetico morado y rosado por un lado y naranja por el otro todas las mañanas de mi tercer grado en la escuela. Con eso podía comprar un pan relleno y un jugo por veinticinco bolívares cada uno.

Mi rutina del desayuno continuó intacta hasta el día en el cual empezaron a vender chocolates “Toronto” en la cantina. Ese día, cuando solo tenía nueve años, aprendí el peor concepto de todos: la inflación.

El “Toronto” fue el medidor de la inflación en mi infancia. Cuando empecé a comprarlo costaba cinco bolívares (el billetico rosado) de modo que con mis cincuenta bolívares si me compraba un refresco que costaba veinte bolívares (más barato que el jugo) me quedaban esos 5 bolívares maravillosos para comprarme mi Toronto.

Ya cuando estudiaba cuarto grado mi dulce preferido costaba diez bolívares. En mi quinto grado costaba veinte y allí ya mis padres me daban cien bolívares (un bolívar fuerte) para el desayuno. En sexto grado costaba veinticinco bolívares y así sucesivamente. El Toronto subía y subía su precio.

Cuando ingresé al liceo ya costaba 50 bolívares y ahí su precio se estableció poco más de un año. El Toronto siempre fue ese bocadillo bueno y barato que, si te buscabas bien en los bolsillos, hallabas lo justo para cómpralo. Hasta que llegó Hugo Chávez a mi vida a la tierna edad de once años y el resto es historia.

Actualmente soy médico y en estos días una enfermera de mi servicio me preguntó si podía revisar a un bebé que es hija de un familiar suyo, la niña tenía mucha fiebre y tos. Accedí, siempre accedo. Luego de la consulta, la madre de la paciente, con un tono de voz que se debatía entre agradecimiento y pena, sacó de su bolsillo un Toronto y me dijo: “Esto no paga lo que usted acaba de hacer por mi hija, pero es mi humilde manera de agradecerle doctora”. Evidentemente no era necesario, pero quizás ella necesitaba pagarme con algo, yo se lo agradecí y le di próxima cita.

¡Qué cosas tiene la vida! Más de veinte años después, el Toronto de hoy sigue siendo para mí un medidor de inflación. Hoy cuesta alrededor de Bs. 150, pero que en realidad son 150 mil bolívares de aquellos que no eran fuertes. La pequeña Edmary de aquél tercer grado hubiese podido comprarse treinta mil Torontos con lo que ahora la madre de una paciente me compró uno para pagarme una consulta.

Sé que hubo esfuerzo en su compra, uno conoce a los pacientes y sabe cuándo la tienen ruda, no es fácil tener un hijo enfermo y no tener cómo llevarlo al médico. ¿Habrá sacado cuentas esa madre y entendido que con lo que hoy me compró un Toronto, en esa Venezuela en la cual no había un bolívar fuerte hubiese podido comprarse un carro y una casa y aún le quedaría dinero? No lo se, no creo.

De lo que hoy estoy segura es que en mis tiernas cuentas de la infancia jamás pensé que el Toronto llegara a niveles tan altos que representaría “un esfuerzo” para alguien comprarlo, ni que yo llegaría a recibirlo como pago de una consulta médica.

No hace falta ser un erudito ni un economista para saber que hoy somos más pobres que nunca, más pobres que nadie. Tan pobres que, con lo que antes se podía comprar un carro y un apartamento, hoy compras un Toronto. Tan pobres, que una madre no tiene con qué pagar una consulta y con el mayor de sus esfuerzos compra un Toronto como forma de pago. Tan pobres, que ni siquiera lo hemos internalizado. Si mi niña interior seguía viva en alguna parte hoy se murió de un infarto fulminante. Así que hoy estoy de luto.