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La vertiginosa transformación de la vida en las ciudades que China construye

Aunque el gobierno expropió su granja, Xiao Zhang tomó el dinero de compensación sin pestañear.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

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Crédito: BBC Mundo

Se la considera la mayor urbanización en la historia humana. Un gran paso que las autoridades chinas dicen dar hacia el futuro en nombre del progreso.

En 1950, el 12% de la población china vivía en ciudades. En 2015, este porcentaje es del 55%.

La China con la que el mundo globalizado está familiarizado son las modernas, poderosas y ricas ciudades del nuevo milenio: Shanghái, Pekín, Shenzhen, Tianjin.

Pero en el interior hay otra China; una población rural aislada, pobre, iletrada y abandonada.

DOS CHINAS

Alarmadas por la enorme brecha entre estos dos mundos, las autoridades del gobierno central iniciaron un agresivo plan de transformar a mil millones de campesinos en una fuerza urbana de generadores de ingresos y consumidores de bienes.

La aldea de Caballo Blanco se transformó en la Nueva Ciudad Wuxi en cuestión de diez años. Crédito: BBC

Para eso, empezaron por transformar miles de pueblos y aldeas en ciudades dinámicas.

Caballo Blanco es una de estas ciudades construidas “desde la nada”.

Hasta hace 10 años, esta aldea del interior chino no había cambiado mucho en siglos.

En 2005 contaba con apenas 3.000 habitantes. En breve, las autoridades esperan que llegue a 200.000. Un incremento de población del 6.500%.

La BBC acompañó a algunos de los moradores de Caballo Blanco durante esta brutal transformación que cambió sus vidas.

Antes de la urbanización, Caballo Blanco respondía a un posible retrato romántico de montañas verdes con cultivos de arroz bajo un radiante atardecer.

La realidad era de campesinos pobres al borde de la hambruna, el éxodo de jóvenes a los grandes centros urbanos en busca de empleo, la separación de familias, y de mujeres relegadas en favor de los hombres y destinadas a una vida de labranza “con la cara hacia la tierra y la espalda hacia el cielo”.

Xiang Caiping nunca ha dejado el campo, aunque ha sufrido de mala salud y la labranza es dura. Crédito:

Esa es una vida que Xiao Zhang no echa de menos. Para ella no había nada de romántico en la existencia en el campo, trabajando en la granja casi desde el momento en que pudo caminar.

“Todas las familias eran pobres, pero nosotros éramos más pobres aún“, dice.

SOSTENIENDO EL FIRMAMENTO

Su madre, Xiang Caiping, siempre ha estado agobiada por problemas respiratorios y otros males.

Nacida dentro de la ortodoxia de la revolución comunista, Caiping siguió el mantra que Mao que “las mujeres sostienen la mitad del firmamento”.

Pero pronto se dio cuenta que esa idea solo resonaba con las mujeres en los centros urbanos. No con las del campo.

Mujeres como Xiang Caiping sostenían su parte del firmamento pero ciertamente no se beneficiaban de este.

El ideal maoista instaba a las mujeres a sacrificarse en las labores del campo. Crédito: BBC

“En aquellos días la gente estaba hambrienta. No tenían idea de dónde vendría el próximo bocado. Muchos se pusieron a comer césped y se enfermaron. Algunos murieron”, cuenta.

Como buena mujer de su generación, se casó para cumplir con el deber de tener hijos.

Nunca abandonó estas montañas, nunca leyó un libro, nunca se tomó unas vacaciones.

Tuvo cuatro hijos, el último un varón al que le dedicó sus energías para pararle una educación, a expensas de su hija, Xiao Zhang.

Sin embargo, Xiao no se iba a quedar quieta.

ÉXODO A LA GRAN CIUDAD

Aunque abandonó la escuela tras acabar la prLa separación era la norma en ese entonces y Xiao Zhang insistía en que Changsheng no podía regresar del todo, pues la única manera de sostener la familia era con su empleo en la capital.

Xiao Zhang no echa de menos el trabajo en el campo ni la aldea. Ahora va en motoneta a su trabajo en la ciudad. Crédito: BBC

Esa situación duró otros 10 años. Cuando Changsheng regresó a Caballo Blanco, este ya era un lugar transformado.
Rascacielos dominaban el panorama, carreteras y puentes lo atravesaban, y trabajadores instalaban cables de banda ancha.

La otrora aldea, que ahora se llama Nueva Ciudad Wuxi, se había conectado a la modernidad y el progreso.imaria para trabajar en el campo y cuidar a los cerdos, logró emigrar a Pekín para trabajar como doméstica durante una década y ahorrar el dinero suficiente para poder construir una casa en su pueblo.

Regresó para casarse y tener sus hijos y dedicarse a lo único que se podía hacer en Caballo Blanco, la labranza y la cría de cerdos.

Pero, una vez saboreada la vida citadina, Xiao Zhang no se podía resignar con su pasado campesino.

“El mundo exterior abrió mis ojos. Sé cómo viven en la ciudad. El campo es muy difícil. Nunca regresaré a la manera en que vivieron mis padres ni aceptaré esa vida anticuada para mis hijos”.

Esta vez, el sacrificio lo tuvo que hacer su esposo, Changsheng quie,n como cientos de millones de trabajadores migrantes que son pieza fundamental del milagro económico chino, trabajó en una fábrica siete días a la semana durante diez años, regresando a casa una sola vez al año.

Cambiando los surcos del cultivo por los pasillos del supermercado. Crédito: BBC

La ciudad se convirtió en un centro con verdaderas oportunidades de empleo y pronto Xiao Zhang pudo recaudar dinero del alquiler de habitaciones en su casa a los nuevos residentes.

Aunque el gobierno expropió su granja, Xiao Zhang tomó el dinero de compensación sin pestañear y empezó un trabajo haciendo limpieza en el nuevo juzgado de la ciudad.

El gobierno los ubicará en uno de los nuevos apartamentos y con la compensación piensa iniciar una empresa. Ahora tiene una motoneta para ir al trabajo y compra sus víveres en un supermercado.

“Aunque extraño las frutas y verduras frescas que cultivábamos… no hay nada que me gustara de la labranza. Era trabajo muy duro y no lo echo de menos por un solo momento“, comenta.

Sin embargo, no todos son tan optimistas. Algunos habitantes se quejan de que el gobierno no atiende sus quejas durante el proceso de expropiación.

GENERACIÓN DEL FUTURO

Xiao Zhang y Changsheng tienen dos hijos. Una niña de 11 años, Yangyang, y su hermano Peipei, de 10.

Ellos son los que usufructuarán plenamente del experimento de transformación urbana de China.

Han visto una ciudad crecer al mismo paso que el suyo.

Especialmente Yangyang que, como mujer, toma muy en serio el valor de tener una oportunidad de educarse y el ejemplo de una madre con voluntad de acero que trabajó en limpieza para sostener a la familia.

Desde los 4 años caminó hasta la escuela y supo desde un principio que debería sacarle provecho.

Habla con una madurez precoz para su edad.

Yangyang y sus amigas en la ciudad. Crédito: BBC

“Si llego a tener hijos, les haré entender que no es fácil hacer dinero. Les enseñaré a pensar independientemente y a darse cuenta que los hijos no pueden estar viviendo de sus padres por siempre”, dice.

Yangyang está a punto de ingresar en la mejor escuela secundaria del país. La aspiración de sus padres es que eso le sirva de plataforma para entrar en una de las universidades élite de China.

Durante generaciones, las mujeres de las zonas rurales en China estuvieron atrapadas por estrictas reglas familiares y las rutinas del campo pero, en el espacio de la corta vida de Yangyang, la modernidad ha llegado a la puerta de su casa.

Además de sostener la mitad del firmamento tiene el reto de adueñarse de él.

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Este artículo está basado en la reportería de diez años de Carrie Gracie, editora de asuntos de China de la BBC, durante la transformación de la aldea Caballo Blanco en la Nueva Ciudad Wuxi y sus lugareños.

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Categoría: Mundo | Claves: BBCMundo China