La vida de la adolescente asfixiada y asesinada en Zulia

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(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium) – El diario Últimas Noticias publicó este domingo una crónica basada en la historia de la adolescente de 13 años de edad que violaron, torturaron y posteriomente mataron en el estado Zulia.

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El texto firmado por Willmer Poleo Zerpa se indicó que la niña ese día llegó a la casa ubicada en el barrio José Gregorio Hernández, en Maracaibo, en compañía de sus amigos: “Esta vez eran siete, dos de ellos adolescentes y con cara de niños, y los demás no debían llegar a los 20 años. Un pequeñín de unos 10 años llegó de último. Era un amiguito de la Nena. Todos usaban gorras de pelotero de medio lado y solo uno llevaba puesta una franela. Los demás usaban bermudas y franelillas. Cada vez que la señora de la casa salía, lo que hacía con frecuencia porque trabajaba en una fábrica, los muchachos entraban a la casa a consumir droga y a poner música a todo volumen”.

“La Nena estaba recostada sobre unos cojines en el sueño. Hubo un momento en que intentó levantarse y estuvo a punto de caer el sueño. No se cayó porque uno de los muchachos la tomó por la cintura y la abrazó. Ella intentó soltarse, pero las fuerzas no le daban. Otro de los muchachos se le puso por delante y comenzó a besarla. Minutos después, la jovencita estaba sin ropa lloriqueando sobre una cama. Todos los muchachos la habían ultrajado”, señalan.

Asimismo, se detalla que uno de los muchachos alias “El Dientón” intentó violarla nuevamente pero la jovencita le arañó la cara, por lo que “el joven, enloquecido, comenzó a darle golpes por todo el cuerpo, luego la tomó por el cuello y comenzó a apretar con fuerza hasta que la adolescente perdió las fuerzas y cayó al piso sin conocimiento”.

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En el pueblo todos sabían que en esa casa pasaban cosas raras, pero todos se hacían los locos. Veían entrar a hombres extraños, desconocidos, niños y niñas de hasta 10 años y a nadie nunca se le ocurrió ni siquiera llamar a la policía.

Cuenta la tía Felipa que una vez vio a la Nena, una niña de apenas 13 años de edad, entrar a la casa con unos hombres que no eran del barrio. Como se quedó toda preocupada, fue y se lo contó a Luisa Estela, la mamá de la menor.

“Ay, Felipa, ya yo no puedo hacer nada. Y estoy muy enferma. Yo cumplí con decírselo al papá, que esa muchacha estaba muy alzada y que no quería que uno le dijera nada. Le dije que la habían visto con unos hombres de muy mal aspecto, pero él me dijo que yo era la culpable porque la había alcahueteado mucho. De verdad, ya yo no tengo fuerzas para batallar con esa muchacha. De todos mis cinco hijos es la que me ha dado más guerra, pero no puedo hacer nada porque yo debo salir a trabajar. ¿Cómo hago? No la puedo dejar amarrada. La otra vez le di unas cachetadas y hasta le pegue con un pedazo de manguera y se puso como una tigra y estuvo a punto de darme un golpe”, le contestó la humilde mujer, con el tono de voz característico de las personas que están entregadas y que hace bastante tiempo que decidieron dejar de luchar y vivir la vida como vaya viniendo.

La Nena hacía rato que había dejado los estudios. Primero se la pasaba casi todo el día jugando voleibol con unas amigas y luego andaba montada en bicicleta casi que todo el día. Un día, Felipa la vio fumando en la plaza y hasta le pareció que estaba tomando licor, pero no le dijo nada a Luisa Estela porque pensó que a lo mejor se había equivocado y había visto lo que no era.

De pronto, la adolescente se la comenzó a pasar con unos muchachos que tenían moto y llegaba excesivamente tarde a su casa, casi al filo de la madrugada. El primer día, la mamá la esperó y fue cuando le metió las cachetadas y le pegó con la manguera, pero luego optó por acostarse y encomendarla a Dios. Algunas veces le dejaba comida, pero luego le dio una gran rabia y dejó de guardarle nada. “Si ella está en la calle y prefiere a sus amigos más que a su familia, pues entonces que busque qué comer en la calle. Aquí no tiene sirvienta. Esta coñita me va a llevar a la tumba”, se dijo la mujer mientras se secaba las pocas lágrimas que aún le quedaban.

Una tarde fueron a buscarla para decirle que la Nena se había agarrado a golpes con otras dos muchachas del barrio a la hora de salida de los alumnos del liceo. Cuando llegó a buscarla, la encontró toda arañada y despeinada. “Me rasguñaron toda, pero las corté pa’l coño a las dos, para que aprendan a ser serias”, le dijo la Nena a su mamá, quien quedó estupefacta por el vocabulario con el que ahora hablaba su hija, quien a mediados de este año cumpliría los 14 años.

UNA TARDE CUALQUIERA

Aquella tarde, como casi todas las tardes, la Nena llegó a la casa rosada del barrio José Gregorio Hernández, en Maracaibo, en compañía de sus amigos. Esta vez eran siete, dos de ellos adolescentes y con cara de niños, y los demás no debían llegar a los 20 años. Un pequeñín de unos 10 años llegó de último. Era un amiguito de la Nena. Todos usaban gorras de pelotero de medio lado y solo uno llevaba puesta una franela. Los demás usaban bermudas y franelillas.

La vecina miró al grupo con desagrado. Sabía que andaban en una vaina rara desde hacía varios meses. Cada vez que la señora de la casa salía, lo que hacía con frecuencia porque trabajaba en una fábrica, los muchachos entraban a la casa a consumir droga y a poner música a todo volumen, el cual no bajaban ni siquiera cuando llegaba la señora de la casa, quien prefería entrar sin decir nada y encerrarse en su cuarto.

La mamá del muchacho dueño de la casa también le había comentado a una vecina que no hallaba qué hacer con “el Dientón”, que era como llamaban en el barrio al muchacho, pues este ahora se la pasaba malhumorado todo el tiempo, grosero e irrespetuoso. A la vecina le dio miedo decirle que a lo mejor andaba en drogas y optó por no meterse en ese problema.

Todo el grupo comenzó a consumir drogas y había un interés especial de los varones por que la Nena consumiera. El chiquillo de los 10 años se sintió bastante mareado y decidió marcharse del lugar.

La Nena estaba recostada sobre unos cojines en el sueño. Hubo un momento en que intentó levantarse y estuvo a punto de caer el sueño. No se cayó porque uno de los muchachos la tomó por la cintura y la abrazó. Ella intentó soltarse, pero las fuerzas no le daban. Otro de los muchachos se le puso por delante y comenzó a besarla. Minutos después, la jovencita estaba sin ropa lloriqueando sobre una cama. Todos los muchachos la habían ultrajado.

El Dientón intentó violarla nuevamente y la jovencita le arañó la cara, por lo que el joven, enloquecido, comenzó a darle golpes por todo el cuerpo, luego la tomó por el cuello y comenzó a apretar con fuerza hasta que la adolescente perdió las fuerzas y cayó al piso sin conocimiento.

Todos los muchachos se fueron quedando dormidos, uno a uno, y así quedaron hasta la tarde del día siguiente cuando despertaron. Fue en ese instante cuando se percataron de que la chamita estaba muerta.

El Dientón llamó a su mamá todo asustado y la solución que encontraron fue que había que sacar el cadáver de la vivienda, lo que en efecto hicieron. La arrastraron y la dejaron semioculta en unos matorrales a escasos metros.

La mamá de la Nena se preocupó, pues si bien la niña solía llegar tarde a su casa, nunca se había quedado en la calle. Preguntó en varias partes, pero nadie supo decirle. Al día siguiente, unos vecinos se percataron del cuerpo y de inmediato llamaron a la policía. La calle se llenó de curiosos que no salían de su asombro por lo que había pasado. Entre los asistentes “consternados” estaba el Dientón. Ese mismo día, funcionarios del Cicpc practicaron la detención del muchacho, de su mamá y otros tres jóvenes. Solo restaban dos por ser detenidos, quienes habían logrado evadirse; pero resultaron muertos el viernes tras enfrentarse al Cicpc en el mismo barrio José Gregorio Hernández de Maracaibo.

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