Las características del nuevo “papa negro” venezolano, según sus allegados

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(Caracas, Venezuela. AFP)- El venezolano Arturo Sosa, elegido superior general de los jesuitas, es descrito por sus allegados como un brillante intelectual, guapo, encantador y con gran capacidad de liderazgo, que desarrolló en Venezuela una destacada carrera académica y de reflexión política.

De 67 años, Sosa es licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Central de Venezuela.

En Venezuela, donde transcurrió casi toda su vida, destacó como docente. Fue rector de la Universidad Católica del Táchira y director del centro de análisis y de estudios Gumilla.

Sosa sucede como “papa negro” al español Adolfo Nicolás, de quien era consejero general, y se convertirá en el primer no europeo en liderar a los jesuitas en los casi cinco siglos de esa orden.

“Arturo fue un alumno muy capaz. Era el más joven de su grupo, y también el más integrador, con una gran capacidad de liderazgo y mucha simpatía”, dijo a la AFP el padre Jesús María Aguirre, quien le dio clases de latín cuando ingresó al seminario, en el Instituto Pignatelli de Los Teques, a las afueras de Caracas.

Aguirre valora sobre todo su desempeño como superior provincial en Venezuela, pues considera que tuvo “un papel muy importante en la renovación de la Compañía de Jesús” en este país.

“Ahora, como superior general puede hacer una gran labor. Tiene mucha cercanía con el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano que fue nuncio apostólico en Caracas, y puede tender puentes con los dicasterios. Tiene una gran capacidad de relacionamiento”, sostuvo Aguirre.

COMPROMISO POLÍTICO

El mayor de seis hermanos, Sosa nació en Caracas el 12 de noviembre de 1948 en una familia acomodada y comprometida en la política.

Su padre, llamado Arturo Sosa igual que él, fue un importante empresario que se desempeñó como ministro de Hacienda en 1958, apenas caída la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez e integró también la junta de gobierno que presidió entonces Wolfgang Larrazábal. Ocupó nuevamente la cartera de Hacienda entre 1982 y 1984.

A fines de los años 60 y principios de los 70, su hijo Arturo, entonces estudiante, se unió al movimiento de renovación universitaria, e incluso fue expulsado de la Universidad Católica Andrés Bello.

“Tenía ideas de gran compromiso social y era crítico del statu quo”, recordó Aguirre, quien posteriormente vivió con él un año en los Flores de Catia, una de las barriadas populares más grandes de la capital venezolana.

Además, Sosa trabajó en la promoción de cooperativas en los estados de Lara y de Trujillo, en el occidente de Venezuela.

“Se decía que tenía ciertas simpatías pro chavistas, y que eso influyó en su nombramiento como rector de la Universidad Católica del Táchira, para alejarlo un poco de Caracas y de la polémica”, recordó uno de sus estudiantes.

Aguirre refiere que Arturo Sosa “pagó” su mediación en un momento muy delicado de la crisis política venezolana, cuando Chávez, preso por su intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, se negaba a ser trasladado desde la prisión militar del cuartel San Carlos, en Caracas, a la cárcel de Yare, fuera de la capital.

“Él participó como mediador por la iglesia católica, junto a monseñor Mario Moronta y al padre Luis María Olaso. Por ese aspecto quedó muy marcado, como si fuera filochavista. Los grupos de oposición lo vieron con recelo y desconfianza. Pero sus últimos textos fueron muy críticos con el gobierno”, indicó Aguirre.

ALEGRE, CONVERSADOR, SENCILLO

Reconocido como un hombre guapo y encantador, sus amigos y familiares sostienen que es una persona “alegre, siempre de buen humor”.

“Es muy conversador, inteligente, sencillo. Es un amante del cine y es muy buen diente. Trabajar con él fue muy agradable”, dijo a la AFP María Fernanda Mujica, quien lo acompañó en el Centro Gumilla y en la Universidad Católica Andrés Bello.

En la casa de su madre Margarita, en Caracas, su elección desató este viernes una fiesta, con teléfonos que no paraban de sonar y visitas.

“Él es lo mejor que hay. Es lo mejor que le ha podido pasar a esa gente”, exclamó llena de entusiasmo su hermana menor Ana María, quien aún recuerda cuando Arturo estaba en el seminario y ella, de cinco años, lo iba a visitar con sus padres.

“Yo me metía debajo de su sotana y me quedaba ahí, y él no me decía nada ni me regañaba. Ese es el recuerdo más bonito que tengo de mi hermano”, aseguró a la AFP.




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