Las heroínas de la cultura y el ecosistema pemón

Mujeres y familias de las comunidades de la Gran Sabana venezolana han comenzado pequeños proyectos en los que ponen a trabajar las tradiciones con las necesidades actuales.

Las heroínas de la cultura y el ecosistema pemónEulalia Sandoval se fue a la ciudad para estudiar y a los años volvió con un título de administradora de empresas. Es uno de los rostros más jóvenes de este grupo de mujeres y su madre Inés es una de las mayores. Crédito: J. Yépez, G. Aguerrevere Y J. C. González / El País
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(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium) – En los alrededores del Auyantepui, en el Parque Nacional Canaima, estado Bolívar, son muchas las tradiciones indígenas que existen y son defendidas principalmente por sus propios habitantes.

En Turaradem, un extenso huerto situado en el Valle de Kamarata que reposa a los pies del Auyantepuy, el tepuy cuna del famosa Salto Ángel, vive Petra Cataneo.

Ella es madre y ama de casa. Se levanta temprano a diario para preparar la comida, llevar a sus hijos a la escuela, limpiar la casa y navegar más de 20 kilómetros de río en una embarcación improvisada, reseña la periodista Melissa Silva Franco en un reportaje publicado en El País.

Cetaneo recupera las tierras como Turaradem y las técnicas de cultivo heredadas por sus ancestros para reactivar la agricultura en la zona, un proceso que genera trabajo a los más jóvenes, produce alimentos en un país azotado por la escasez y estimula la economía familiar local.

Esta miembro de la etnia pemona busca resguardar su cultura ante las dos principales amenazas que enfrenta: la minería ilegal y la emigración de los jóvenes a las ciudades, donde por lo general terminan viviendo en condiciones deplorables.

Sobre el primer problema, el Ministerio de Minería indica en sus cifras que cada año las empresas ilegales que operan en el país extraen toneladas de oro al exterior del país valoradas en unos 280 millones de euros.

Es una triste realidad que divide a los habitantes de la zona y perjudica seriamente el ecosistema. Un sobrevuelo basta para conocer cómo la minería acecha a las comunidades y recluta a cada vez más indígenas, indica el mismo reportaje, que son contratados con sueldos equivalentes a los 150 euros por semana.

Sin embargo, a la causa de Petra Cetaneo se han sumado más mujeres y familias de las comunidades vecinas que han comenzado pequeños proyectos en los que ponen a trabajar las tradiciones con las necesidades actuales.

Hortensia Berti es una de las primeras mujeres en asumir el cargo de capitana de la comunidad de Kamarata, un puesto que había pertenecido desde hace siglo a los hombres más cultos de la etnia. Ella regenta un hostal de turismo ecológico que pertenece a toda la comunidad y cuyos puestos de trabajo y beneficios son repartidos entre las familias. “Nuestra lucha es convencer a nuestros jóvenes que irse a las minas significa acabar con la tierra que los dioses nos han prestado, y que el turismo responsable es una opción más coherente para aprovechar el lugar en el que vivimos”, asegura la mujer.

Es precisamente alrededor del turismo responsable desde donde surgen la mayoría de los proyectos. Los indígenas quieren retomar el control de sus tierras frente a la oleada de turistas que llegan cada día a fotografiar al Auyantepuy y el resto del Parque Nacional Canaima.

Por su parte, Eulalia Sandoval se fue a la ciudad para estudiar y a los años volvió con un título de administradora de empresas. Es uno de los rostros más jóvenes de este grupo de mujeres y su madre Inés es una de las mayores, con 70 años en el mundo. Entre ambas pusieron en marcha un sistema de visitas a las imponentes cascadas que gotean con fuerza en el interior del Auyantepui.

Inés además lidera el huerto que produce los alimentos que van a parar a estos hostales ecológicos y es la abuela de la comunidad, un título que le concede el trabajo de traspasar a los niños la cultura indígena. Ella lo hace cada día a través de la música, por eso es que una escena común es escucharla cantar ante la mirada acostumbrada de los niños que la rodean.

“Ahora hay que trabajar más fuerte en trasmitir los valores de quienes somos, ser los guardianes de nuestras tierras”, afirma la anciana tras explicar que ya las niñas no saben fabricar hilo, sino que generalmente compran nylon.

Todos estos emprendimientos ya cuentan con un programa de autofinanciación, nacido de la Fundación Esteban Torbar, una organización venezolana que creó el programa llamado EPOSAK (que en lengua pemona significa logro) y que desde hace tres años consigue el dinero entre la ciudadanía para financiar las iniciativas de los indígenas.

Karem Pérez es una de las voluntarias de este programa. Ella abandonó su puesto en una gran empresa multinacional para apostar por este proyecto en esta selvática zona país. Ahora esta emprendedora viaja varias veces al año desde Caracas para trabajar un plan de desarrollo de estas iniciativas.

“Lo que nos mueve es trabajar por un desarrollo sostenible con el ambiente que prevalezca y preserve sus tradiciones. Nosotros trabajamos un plan de negocio, colgamos el proyecto en nuestra web, los ciudadanos hacen un préstamo y luego la emprendedora cumple con el plan de repago una vez que su negocie esté en marcha”, describe. “Las cifras son reveladoras, cada emprendedora ha cumplido al 100% con el repago con total éxito”.

Asimismo, las mujeres pemonas continúan generando nuevos proyectos que ya representan una fuente de trabajo para jóvenes como Amalia, quien luego de una dura temporada de trabajo doméstico en el norte del país volvió a la selva con la oferta de fabricar mermeladas de piñas, un producto que nace del huerto de Petra. “En la ciudad nació mi hijito”, cuenta. “Los dueños de la casa donde trabajaba lo maltrataban, así que no dudé en volver cuando supe que en Kamarata había oportunidad de trabajo“.

Amalia recuperó la receta de sus ancestros, recicla envases de vidrio por la comunidad y vende las mermeladas a los turistas y familias que llegan a la zona.

Ante tales ejemplos, Petra Cetaneo confía en que casos como los de Amalia se multipliquen. La selva para ella es una herencia y por ello sentencia sin titubear que la única forma de sobrevivir es mantenerse firme para protegerla.