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Las víctimas invisibles de los atentados de Londres

Cerca de 2.000 personas pueden haber resultado afectadas psicológicamente por el incidente.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

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Miles de personas se vieron afectadas por los ataques, que dejaron 52 muertos, docenas de heridos y paralizaron Londres.

Los ataques contra el sistema de transporte de Londres el 7 de julio de 2005 dejaron 52 muertos y provocaron heridas que les cambiaron la vida a decenas de personas más.

Otros cientos, que quedaron atrapados en las explosiones y que se alejaron silenciosamente ese día, experimentaron los efectos emocionales de los atentados, pero con retraso.

La BBC habló con algunos de ellos.


“Fue una decisión de último minuto lo que probablemente salvo mi vida”, dice Shanie Ryan.

En la mañana húmeda de ese jueves, hace 10 años, Ryan era una estudiante de danza de 20 años que tomaba, como normalmente lo hacía, la línea Picadilly del metro de Londres.

Su viaje hacia la academia donde estudiaba lo solía hacer junto a su compañero de apartamento, Leon.

Como casi siempre sucedía, ese día iban bien apretados en el primer vagón. Cuando el tren se detuvo en la estación de King’s Cross, Shanie se salió rápidamente para despedirse de su amigo con un abrazo.

Shanie Ryan salió del metro atacado y corrió a su escuela de danza.

A pocos metros de distancia, el atacante Germaine Lindsay abordaba el mismo vagón.

Al oír que las puertas estaban a punto de cerrarse, Shanie se dio cuenta que su espacio en el vagón había sido ocupado. Se movió rápidamente hacia el segundo vagón y se logró colar por entre las puertas que se estaban cerrando.

Segundos después, cuando el tren entró en la oscuridad del túnel, Lindsay detonó el artefacto que llevaba.

Shanie nunca ha hablado públicamente sobre lo que pasó después.

“Sólo recuerdo una explosión enorme. Dolor en mis oídos. El tren se detuvo en seco y una mujer cayó sobre mí. Fue como si el tiempo se hubiese detenido. Hubo un silencio inquietante, pero fuerte. Era como un ruido blanco”.

“Después, empecé a recuperar los sentidos. Empezó a salir humo. Se oía a la gente que estaba malherida, gritando por ayuda. Yo gritaba: ‘Nos quemamos’, lloraba y me sentía en pánico. La mujer que cayó sobre mí –su nombre era Priscilla– me agarró y me decía: ‘Estás bien, estás bien'”.

Sin saber lo que había pasado, los pasajeros empezaron a discutir sobre qué hacer. Algunos de los hombres trataron de romper las ventanas. Otros dijeron que debían esperar por ayuda.

Pero sería una larga espera. Habían quedado atrapados detrás de los restos del primer vagón.

El pasaporte del atacante fue recuperado de los escombros.

Antes de que llegaran los servicios de emergencia, estuvieron más de una hora atrapados en la oscuridad.

“La gente se consolaba mutuamente. De repente los extraños se volvieron cercanos. Pero llegó un punto en que se nos agotaron las palabras y todo se puso muy tranquilo”, recuerda.

“En ese momento fue cuando realmente podías escuchar las cosas horribles que estaban pasando al lado. Yo estaba parada en la puerta (que conecta las puertas de cada vagón), pero no podía atravesarla para ayudar”, continúa.

“Cuando estás ahí y escuchas el dolor de alguien y que los gemidos empiezan a silenciarse, te sientes inmediatamente culpable. Sientes que no puedes ayudar, que son ellos y no tú”.

26 personas murieron en el vagón adjunto, se trató del peor de los cuatro ataques coordinados con bombas ocurridos en Londres ese día.

Eventualmente la ayuda llegó. Los sobrevivientes fueron sacados del vagón y empezaron una larga caminata por el túnel, pasaron por escombros y partes de cuerpos, todavía con la intención de entender qué había pasado.

Cuando Shanie se acercaba a la estación de King’s Cross, un paramédico que esperaba, la guió hacia una ambulancia.

“Yo le decía: ‘Estoy bien, estoy bien’. Vi la ambulancia y había sangre por todos lados y la gente que estaban sacando. Me agarré el brazo y corrí todo el camino hasta el la facultad”.

“Entré corriendo a la clase de ballet matutina de Leon y dije: ‘Creo que estuve en un choque de trenes'”.

“Todo el mundo se detuvo y me miró. Leon corrió hacia mí. Cuando después me miré en el espejo, descubrí que estaba cubierta de hollín y suciedad. Incluso mis ojos estaban negros. Mi lengua estaba negra”.

La policía estima que alrededor de 4.000 personas quedaron atrapadas en las explosiones.

52 personas murieron en los ataques.

Como Shanie, la vasta mayoría de ellos salió relativamente ilesa.

Los tímpanos de Shanie fueron perforados y también sufrió de problemas respiratorios.

Un número desconocido de personas simplemente se alejó.

Algunos incluso intentaron limpiarse de la suciedad de los escombros e irse a trabajar.

EL INFIERNO DANTESCO

El analista de riesgo Sudhesh Dahad también estaba en el tren de la línea Picadilly, a sólo seis metros del atacante.

Así quedó el metro atacado entre King´s Cross y Russel Square.

Recuerda un “ruido explosivo” seguido de escenas de un “infierno dantesco”.

Pensé que estaba muerto y que era una especie de vida después de la muerte. De los sonidos, me imaginé que había gente rasguñando, tratando de pedir ayuda, de salir del hoyo de fuego en el que estaban. Entonces me di cuenta de que estaba vivo”.

Sudhesh pudo salir relativamente ileso, con algunos cortes en su cara y sus tímpanos explotados. La sangre en su camisa no era suya. Como estaba sentado más adelante que la explosión, el conductor pudo guiarlos hacia afuera a través de la cabina en diez minutos.

Al día siguiente estaba de vuelta en teleconferencias con sus colegas de Estados Unidos, dado su demandante trabajo.

“Estaba ahí, pero apenas ayudaba. Parecía un zombie. Sólo quería que alguien me dijera qué hacer, pero como me dijo mi jefe: ‘Haz lo que sientas que está bien’. No tenía idea qué era eso”.

Mientras sus heridas físicas comenzaban a sanar, las psicológicas empeoraban: pequeños ruidos u olores desencadenaban brutales recuerdos, pesadillas recurrentes de que estaba en el tren, una ansiedad avasalladora de que todo volviera a pasar.

La policía vino a recoger lo que quedó de su ropa como evidencia y le tomó declaración. Él pensó: “Qué bueno, estoy en el sistema”. Pero no hubo un seguimiento de su caso, ni ayuda.

De 2006 a 2010 se concentró en el trabajo, hasta que no pudo más con sus sentimientos.

DIFÍCIL SEGUIMIENTO

Después de los ataques del 11S, el departamento de salud de la ciudad de Nueva York estima que unas 61.000 personas sufrieron trastorno de estrés postraumático (TEPT).

La psicóloga Patricia d’Ardenne, jefa del Instituto de Psicotrauma del Sistema de Salud Pública (NHS) en el este de Londres, dice que ella supo el mismo 7J que habría cientos, si no miles de personas como Sudhesh y Shanie en riesgo de desarrollar futuros problemas de salud mental.


¿Qué es el trastorno de estrés postraumático?

El trastorno de estrés postraumático es un trastorno de ansiedad causada por presenciar o participar en un evento aterrador o preocupante.

Naturalmente, la gente siente miedo cuando está en peligro, pero el legado de algunos eventos traumáticos puede provocar un cambio en la percepción del miedo.

El trastorno provoca estrés y miedo en el día a día.


“Ese día el foco fue evacuar a la gente. Se les dijo: ‘Escapa tan rápido como puedas’, porque nadie sabía si habría más explosiones”.

Muchas de las víctimas no quedaron registradas. El equipo de d’Ardenne logró identificar y ponerse en contacto con cerca de 900 personas para la investigación psicológica. 600 respodieron al llamado y más de la mitad fue diagnosticada con trastornos severos.

ILESOS, PERO TRAUMADOS

D’Ardenne estima que cerca de 2.000 personas pueden haber resultado afectadas psicológicamente por el incidente.

Sudhesh Dahad iba a metros del atacante. Fue a trabajar el día siguiente del ataque, pero quedó con trastorno de estrés post traumático.

“Pasamos mucho tiempo escoltando a personas que tenían mucho miedo de volver a estar en el metro. Caminaban kilómetros con tal de evitarlo”.

Más allá de las consecuencias esperables, d’Ardenne y su equipo comenzaron a descubrir algunas reacciones psicológicas inesperadas.

“La gente no estaba enojada. No culpaban a al Qaeda [que más tarde se atribuyó la responsabilidad por los ataques] ni a los atacantes suicidas”, explica.

Culpaban al gobierno y a la política exterior. Y a sí mismos. Por ejemplo, tuve una persona que estaba teniendo una aventura en ese momento y pensó que estaban siendo castigados”.

Sudhesh reconoce estos sentimientos. Dice que los terroristas no le provocan nada. “No eran más que marionetas, les lavaron el cerebro”.

En segundo lugar, el equipo encontró que mientras los sobrevivientes se sentían enajenados del mundo normal, sintieron una gran afinidad con otros sobrevivientes, “casi como una tribu aparte”.

Sudhesh comenzó a asistir a un grupo creado por sobrevivientes que lo ayudó a entender que “estaba bien sentir lo que estaba sintiendo”. Una de sus compañeras de grupo, Angela Ioannou, que estaba en el tercer vagón del tren y también fue diagnosticada con trastorno de estrés postraumático, dice el vínculo entre algunos de ellos es hoy “como de familia”.

“Fue muy difícil hablar con otras personas a mi alrededor en ese momento. No tenían ni idea de la ansiedad, el miedo, la culpa. Fue un alivio saber que no estaba solo”, explica Sudhesh.

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