Los relatos del oscuro mundo de las prostitutas colombianas en España

Detestan que las etiqueten como "putas".

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Bogotá, Colombia. EFE).- Los relatos en primera persona de siete mujeres colombianas alumbran desde las páginas de “Detesto que me digan puta” el oscuro mundo de la prostitución de las inmigrantes irregulares en España y el no menos negro de sus vidas en Colombia.

Las historias de Vanesa, Violeta, Luna, Margarita, Lucero, Eva y Marquesa, todos ellos nombres de oficio, son el resultado de los cinco años que Carmen Cortés Torres, socióloga colombiana doctorada “cum laude” por la Universidad española de Salamanca, dedicó a recorrer clubes, bares, apartamentos y otros lugares con el fin de entrevistar a colombianas que se ganaban la vida como prostitutas.

“Allí donde iba había siempre un mayor número de colombianas y, en cambio, nunca encontré españolas”, dijo Cortés en una entrevista con Efe en Bogotá, donde el libro se presentó este mes.

“Detesto que me digan puta” (La Balsa, 2015) es una versión ampliada de un libro publicado en España en 2012 y ambos son fruto de la tesis doctoral que presentó Cortés Torres en la universidad salmantina en 2009.

La idea para la tesis surgió al conocer que un porcentaje mayoritario de las inmigrantes que ingresan a la prostitución en España -se calcula que hay más de 400.000 extranjeras dedicadas en ese país al oficio más viejo del mundo– procede de Colombia, República Dominicana y Brasil.

Los porcentajes son proporcionales a los flujos migratorios, pero lo interesante para la autora ha sido advertir que no existe una única correlación entre inmigración, prostitución y pobreza, pues, no son, precisamente, estos países los que más se destacan en el continente por su pobreza.

Más de 50 mujeres colombianas confiaron sus cuitas a Cortés, quien además entrevistó a sus familias, su entorno y sus clientes en España, y visitó en Colombia los lugares de origen de ellas y a sus familiares, principales beneficiarios del dinero que ganan con su cuerpo al otro lado del mundo.

“TRABAJAR EN PAZ”

“A mí no me duele lo que me da de comer”, dice en el libro Eva, quien ve su trabajo como cualquier otro y “con gusto” pagaría si gravaran la prostitución con un impuesto, para que la dejaran “trabajar en paz”.

Otra de las protagonistas del libro, Marquesa, piensa exactamente lo contrario: “trabajar en esto ha sido lo más degradante que me ha podido pasar en la vida, lo que más me ha dolido, lo peor… no me he sentido a gusto nunca y, aparte de eso, cargo con esa culpa”.

La investigación buscaba “entender las posibles dificultades de esas mujeres para construir una identidad positiva en contextos altamente estigmatizados”, dice la autora del libro.

En el caso de las colombianas, la construcción de identidad se hace a partir de la responsabilidad y abnegación que ellas mismas y los demás les atribuyen por sacar adelante a sus familias con su quehacer en España, señala Cortés.

“Justifican su nuevo rol y buscan desplazar la imagen de prostituta” convirtiéndose “en objeto de admiración y compasión”.

Todas ellas detestan, como dice el título del libro, que las etiqueten como “putas”, un término que consideran despreciativo, pero del que les es difícil desligarse.

La inmensa mayoría de las mujeres entrevistadas dejó Colombia para salir de “la asfixia económica y social que las sitiaba”, señala Cortés, quien afirma que “pese a que la estructura familiar juega un papel determinante en la elección del oficio”, “la decisión de ingresar es de cada sujeto”.

En su investigación no halló “causas precisas que explicaran la decisión de ejercer o no la prostitución”.

Sí descubrió que las vidas de estas mujeres están marcadas por la ambigüedad ante el rol de prostituta que se acepta como una manera de conseguir dinero que no obtendrían de ninguna otra manera, pero que les produce repulsión y vergüenza por más que intentan luchar contra ello resaltando los logros de su sacrificio.

Las siete historias del libro muestran fracasos afectivos contundentes, abandono, maltrato, abuso de confianza, lo que da lugar a que las mujeres sobrelleven en solitario las cargas de sus familias.
La figura del padre no existe, como tampoco existe una institución protectora de su hogar y de los hijos, al punto de que ninguna de las denuncias interpuestas por ellas durante los años que vivieron en Colombia prosperó.

“Puede decirse que llegan a España siguiendo unas señales de dirección obligatoria”, subraya Cortes.

Tanto es así que en los relatos de vida del libro algunas se sorprenden por el buen trato que reciben de sus clientes en España.

“Llegan con falta de amor, quieren que seamos mimosas: se les hace una pequeña caricia y ya están a los pies de uno”, dice Margarita, tras haber confiado al lector que uno de los “vicios” de los hombres en España es que “les encanta ‘la lluvia de oro'” (que les orinen en la cara).

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