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Los textileros ejecutados por Moscú por ser demasiado capitalistas

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

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En la Unión Soviética, la escasez material debía compensarse con patriotismo, no con dinero.

“Yo tenía 17 años. La policía rodeó nuestro edificio y seis hombres entraron a buscarlo en mi casa”, recuerda Jangar Dyushaliev, cuyo padre Bekzhan estaba a cargo del Departamento de Planificación Económica de la República Socialista Soviética de Kirguistán en los años 50.

“Eran cuatro agentes del servicio secreto, más un testigo y un traductor, en caso de que mi padre decidiera hablar en su idioma nativo. Los agentes habían venido de Moscú”.

“Mi padre, calmadamente, se sentó y prendió un cigarrillo”.

“Le pidieron que entregara su carné del Partido comunista; él lo tiró sobre la mesa, sin mirar a nadie”.

“Confiscaron todo lo que teníamos de valor, incluyendo la televisión, la nevera y tres tapetes. Alguien me metió dos relojes en el bolsillo y me susurró: ‘quédate con estos, mi niño, los vas a necesitar'”.

“Nos asignaron un abogado defensor, que se la pasaba diciéndonos que no valía la pena preparar ninguna defensa. Decía que era un juicio amañado, un simulacro de proceso pues nuestro padre había sido elegido como el chivo expiatorio dado su alto cargo”.

CUÁLES VALORES

RSS de Kirguistán -ahora República de Kirguistán- era una pequeña república agrícola en la región central del Asia soviética.

El trabajo de Dyushaliev como director de Planificación Económica era un verdadero reto, pues durante los años 50, la escasez de bienes y alimentos en la Unión Soviética era generalizada.

La gente hacía cola durante horas para comprar un pan.

En algunos lugares, había racionamiento y los precios escalaban en todo el país.

Mientras la economía flaqueaba, el Partido comunista alentaba a los ciudadanos soviéticos a enfocarse en los valores patrióticos en vez de los materiales.

Pero en realidad, lo que le preocupaba a todos era la escasez de las necesidades básicas.

Los residentes de la capital de RSS de Kirguistán, Frunze (hoy Biskek), a veces tenían que viajar miles de kilómetros para poder comprar algo importante.

Pero, a finales de la década, algo empezó a cambiar, como recuerda Alexander Katcev, quien en ese entonces era un niño.

ALGO NUEVO

“Empezaron a aparecer tiendas que vendían productos textiles nunca antes vistos. Recuerdo unas medias para hombre con elásticos en los tobillos, que eran muy cómodas. ¡Fueron las primeras de la URSS! Y además cobijas de algodón de bellos colores y cortinas de encaje”, cuenta, entusiasmado, Katcev.

Todo eso era producto del trabajo emprendedor de un grupo de gerentes de las fábricas de textiles de la ciudad, que vieron en la escasez una oportunidad y decidieron adoptar un nuevo enfoque.

“Se unieron y usaron su propio dinero para comprar materiales, con la ayuda del Departamento de Planificación Económica. Le pagaron más a los empleados que estuvieron dispuestos a trabajar horas extra, haciendo productos que se vendían como pan caliente, y los textileros se quedaban con las ganancias”, explica.

Tras décadas de una economía comunista, este sistema de producción parecía una gran innovación.

Escena en Moscú circa 1960 que muestra a los clientes de una tienda de departamentos tratando de comprar productos traídos de Occidente.

POR CRECER EN EL CAPITALISMO

La mayoría de los gerentes de las textileras eran judíos que habían huido de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial.

Como habían crecido en el capitalismo, a diferencia de la mayoría de los ciudadanos soviéticos, conocían la empresa privada y tenían alguna idea de cómo funcionaban los negocios.

Alexander Katcev, quien hoy en día es periodista, ha investigado extensamente el caso para su libro “El Textilgate soviético”.

“Se enriquecieron mucho, bajo los estándares soviéticos, y no pagaban impuestos sobre esas ganancias. Algunos gastaban su dinero en los teatros de Moscú, volando miles de kilómetros para asistir a los estrenos. Otros, quizás menos educados, enterraban el dinero en sus jardines”, asegura.

Las autoridades comunistas locales estaban tan desesperadas por satisfacer la creciente demanda de los consumidores, que permitieron que la situación continuara así, y su iniciativa fue muy alabada en Kirguistán.

Pero no en Moscú. Para las autoridades de la URSS, era una amenaza a los fundamentos de la economía centralizada.

Es por eso que le puso fin.

En Moscú, en 1961, gente comprando bebidas de máquinas dispensadoras.

VACÍO SOCIAL

Los arrestos empezaron en la primavera de 1961.

Los gerentes judíos eran el blanco principal, pero no el único.

El padre de Jangar, Bekzhan Dyushaliev, por haber estado a cargo del Departamento de Planificación, fue acusado de desviar fondos del Estado para respaldar la producción privada.

“Apenas la sospecha recayó sobre mi papá, todos nuestros familiares -aparte de un par- nos dieron la espalda. Vivíamos en un vacío social. Mi mamá logró encontrar un trabajo de medio tiempo como profesora y con su pequeño sueldo nos mantenía a mí y mis tres hermanos”, relata Jangar.

“A mi padre lo vimos en la cárcel tres veces. Una de ellas nos dijo que a todos los sospechosos en su caso los habían torturado”.

En Moscú había más productos pero los precios de algunos, como las bebidas alcohólicas, era altos y si era vodka, más.

CASTIGO MERECIDO

En cuestión de días, el asunto de los textileros era la comidilla en la ciudad. La propaganda soviética los culpaba de la escasez y el encarecimiento de los bienes.

Los residentes de Frunze concordaron con que los gerentes judíos eran demasiado codiciosos y habían recibido el castigo que se merecían.

En mayo 5 de 1961, Moscú introdujo la pena capital para los crímenes económicos más serios y quedó claro que algunos de los acusados enfrentaban la muerte en el paredón, a pesar de que la medida había sido aprobada después de su detención.

“Mientras esperaban para comprar pan, la gente culpaba a los judíos de haberse robado su dinero. Al tiempo, muchos de sus colegas en las fábricas estaban muy complacidos, pues soñaban con tomarse sus cargos”, cuenta Katcev.

LA SOLIDARIDAD NO ERA BIENVENIDA

Llegaron buses llenos de trabajadores de otras fábricas, como esta textilera de Kajastán.

El juicio del caso de los textileros fue público.

Sin embargo, para evitar expresiones de solidaridad con los acusados -incluso de parte de los empleados que extrañaban el dinero extra que habían estado ganando- las autoridades trajeron trabajadores de otras fábricas, alegando que el juicio era contra los codiciosos y los ricos.

21 de los textileros fueron sentenciados con la pena capital.

Aunque el juicio fue absurdo e injusto, y condenó a la muerte a más personas que los juicios de Núremberg, en esa época la comunidad internacional consideraba al líder soviético Nikita Kruschev como un político relativamente liberal, así que fue poca la atención que recibió el caso.

La única carta pública expresando preocupación fue escrita por el filósofo británico Bertrand Russell, quien acusó al Kremlin de antisemitismo.

Kruschev le respondió: “Entre los sentenciados por crímenes económicos hay personas de diversas nacionalidades”, y le aclaró que:

Entre los ejecutados estaba el padre de Jangar, por haber sido director del Departamento de Planificación Económica.

No se sabe cuándo ni dónde fue su ejecución. Jangar sólo supo que había muerto cuando encontró el veredicto en el archivo familiar. Su madre nunca se lo contó.




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Categoría: Mundo | Claves: Comunismo Unión Soviética