Mantequilla, harina, papel sanitario: las nuevas alegrías del venezolano

Cinco historias de cinco venezolanos distintos que nos hacen reflexionar sobre la manera en que ha cambiado la vida en el país, donde las cosas que antes dábamos por sentadas ahora se convierten en nuestras mayores satisfacciones.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium) – El diario oriental El Tiempo, publicó un extraordinario artículo en el que narra el día a día de varios venezolanos en su compleja travesía por encontrar productos de primera necesidad.

Solo hace falta vivir en Venezuela para sentirse identificado con alguna de estas historias, forman parte de la cotidianidad de nuestra sociedad y lamentablemente, se convirtieron en un hábito.

A continuación el artículo completo:

LA FELICIDAD EN FORMA DE MANTEQUILLA O DE UN PAQUETE DE HARINA DE MAÍZ

EL TIEMPO

Los martes son iguales. Desde hace cerca de un año, la rutina poco se altera. Se levanta a las 2:00 de la madrugada, se viste y parte en un autobús desde Guarenas hasta Caracas.

En el Gran Abasto Bicentenario, ubicado en Plaza Venezuela, hace su primera parada. El mal dormir muestra sus huellas: párpados caídos y oscuras ojeras le hacen lucir más edad que los 28 que marca el año de nacimiento en su cédula de identidad, cuyo último número es el indicativo de que tiene permitido comprar los productos que escasean.

Son las 3:30 de la mañana y ya tiene adelante a 150 personas en la fila. Lo certifica un cartoncito que le entregan con el número 151 escrito con marcador azul. Va equipada para aguantar la espera: un litro de agua, dos arepas envueltas en papel de aluminio y un banquito plegable.

“Nos colocamos en el estacionamiento, así no nos ven desde la calle”. Es una estrategia para adaptarse a la prohibición de hacer colas que vociferaron funcionarios del gobierno como solución. “Esto es igual todos los días, la gente hace cualquier cosa por comprar dos pollos y dos kilos de carne a precio regulado”.

Es madre de dos, uno de cinco y otro de tres años. Su pareja trabaja como obrero en la Misión Vivienda a tiempo completo, por lo que le toca a ella la tarea de salir semanalmente a “cazar” alimentos con precios controlados y otros productos de primera necesidad.

“Dejo a los niños con mi mamá porque este maratón no lo puedo hacer con ellos. Además, aquí se presentan situaciones violentas. La semana pasada, una tipa acusó a otra por colearse y la tuvieron que sacar por la puerta de emergencia porque una malandra del 23 de Enero amenazó con rajarle la cara”.

La suerte la acompaña. A las 9:00 de la mañana sale airosa del comercio, con la compra en mano. Se considera afortunada. Lo dice.

LA ESCASEZ EN UN VAGÓN

Viajar en el Metro es enfrentarse a un ecosistema que aunque ya conoce, no deja de inquietarle. Subir a un vagón en una estación que con regularidad colapsa por la multitud, demanda fuerza, astucia y capacidad de adaptación.

Lleva en mano un par de bolsas pero eso no le impide propinar empujones para hacerse su lugar en una cabina que parece a punto de explotar. Se sostiene de la baranda superior pero no hace falta que se esfuerce mucho para mantener el equilibrio; van tan apretados que no queda espacio para vaivenes.

En un asiento para la tercera edad va un anciano cuyo rostro refleja angustia y malestar.

“¿Usted se siente bien? Tiene cara de enfermo”, comenta una curiosa.

El hombre levanta la mirada, toma una bocanada de aire y con manos temblorosas muestra un trozo de papel que cumple la función de récipe médico; al menos un sello húmedo de un centro de salud lo avala.

“Vengo del Hospital José Gregorio Hernández, soy operado del corazón y tengo un marcapasos, pero además soy asmático y anoche me empecé a sentir mal. Me atendieron pero no pudieron hacer nada porque no hay medicamentos. He ido a cinco farmacias y no consigo el remedio”.

A la conversación se unen dos señoras de la tercera edad. “Tengo tres semanas buscando pastillas para la tensión; eso está desaparecido”, dijo una de ellas, que se dirigía a una feria de hortalizas en Chacao.

“Yo sufro de artritis y tengo un mes sin hacer el tratamiento porque la pastilla está agotada”, agrega la otra, que iba hacia Petare.

Entre parada y parada más quejas se suman; voces rabiosas colman el ya limitado vagón: “no hay pañales”, “no hay leche”, “el arroz desapareció”, “no encuentro bolsas para colostomía”.

Con sus dos paquetes a salvo, se baja en la estación La California. Sale del vagón de la misma manera en la que entró: a empujones.

LA RELATIVIDAD DEL TIEMPO

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Son las 10:00 de la mañana, aún tiene que visitar tres o cuatro comercios antes de emprender el regreso. Entra al Unicentro El Marqués, donde hay varios locales repletos de gente que anda en la misma misión.

Decide enfilarse en el Farmatodo para comprar seis afeitadoras; despliega su banquito y saca del morral el primer “tentempié”: una arepa cuyo relleno de queso y salsa rosada se derrama sobre el arrugado papel de aluminio. La devora con rapidez.

Permiten comprar seis unidades por persona pero sólo encontró dos. La mercancía se había terminado. Toca esperar hasta el martes de la próxima semana a ver si tiene mejor suerte.

Resignada, emprende la marcha hacia el próximo negocio. “En Locatel hay toallas sanitarias y champú, pero la cola está laaarga”, comenta un joven al tiempo que señala con el dedo el final del ciempiés humano retorciéndose por los pasillos del centro comercial.

Establece prioridades. Justo al lado, en el supermercado Unicasa, hay papel higiénico, suavizante de ropa, jabón azul, mantequilla y harina Pan. Nuevamente apela al tieso banquito, que desde hace meses es producto de primera necesidad. El tiempo tiene otro significado en las colas de compradores. Una espera corta puede significar una victoria. La alegría puede conseguirse con poco en un país como el nuestro. La felicidad en una mantequilla o de un paquete de harina de maíz. La dicha se mide también en minutos.

ES LO QUE HAY

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Dos horas de avance parsimonioso hasta que se supera el umbral. Ingresa, recorre el supermercado con su ambiente hostil que ya es la constante y que paradójicamente representa un premio: estar adentro es ya un logro.

No hay carritos disponibles para las compras. La variedad de productos sólo aparece en sueños. La realidad es imponente. Los aires acondicionados no funcionan, los pisos están sucios, lo olores ya dejaron de ser nauseabundos porque el olfato se acostumbra rápido.

La hilera continúa adentro, en el pasillo de las frutas y hortalizas. Más de uno aprovecha la espera para tomar un “pasapalo”, y dos, y tres… Cáscaras de cambures, trozos de manzanas y duraznos mordidos resaltan entre las cestas que promocionan “frescura y calidad”.

El panorama se repite en todos los pasillos. Envases de refrescos y paquetes de galletas destapados por doquier. El desparpajo no pide permiso a la hora de tirar el papel al suelo. Se roba el producto, se lo come, suelta el envoltorio, sigue su curso, como si nada, como siempre. Los valores morales no entran al automercado.

“Chama, amanecí en Makro porque iban a sacar detergente. Después me vine para acá porque me dijeron que había suavizante. Hace más de un año que no sé lo que es eso. Imagínate, hoy mi bebé duerme con su pijama suavecita… ¡Más fino!”, cuenta una joven que apenas pasa de los 20 años de edad.

Su comentario recibe respuesta de una ingeniera de la astucia, quien la aconseja, con esa muletilla que pasó de ser caraqueña a extenderse más allá de la capital, y que dice mucho de lo rápido que se aprende lo incorrecto: “Marica, tienes que hacer lo que hace mi mamá. Siempre tenemos suavizante porque ella lo usa con una inyectadora. Eso rinde como no tienes una idea”.

Una hora y media después de la entrada al recinto, llega al punto de entrega de los productos regulados.

Los estantes destinados a la carnicería no se ven. En su lugar están una montaña de papel higiénico, artículos de limpieza, harina de maíz y mantequilla.

Dos empleados del comercio verifican los terminales de las cédulas. Este paso no es poca cosa. El final del número de documento de identidad debe coincidir con el que está predestinado a comprar el martes. Lo sabe desde que entró.

Lo saben todos. Es una señal a la que debieron acostumbrarse. No aparecen soluciones que indiquen que esa condición cambiará. Ni los múltiples anuncios del gobierno nacional con sus planes “contundentes” ni los variopintos culpables que las mismas autoridades mencionan cada vez que hablan del problema.

5:27 de la tarde. Es hora de incorporarse a una cadena humana más, la de abordar el transporte público, previo al otro desfile a paso lento por la carretera que une a Caracas con Guarenas. Surge una frase que habla de resignación y de los matices que cobra la felicidad en estos tiempos ilógicos en Venezuela: “Cansada pero feliz. Llevo de todo para la casa”.

El “todo” también se relativiza, como el tiempo que se adormece en la colas pero que pierde dimensión porque dos horas en fila para comprar pueden parecer cortas y afortunadas. No. No es “de todo”, es lo que hay.

SENTIRSE CRIMINAL SIN DELITO COMETIDO

El aviso llega bien temprano. Un mensaje de texto da las coordenadas de cómo será la transacción.

“A la 1:00 de la tarde tienes que estar en la farmacia; mi amiga va a estar en la caja 2. Dejas que te vea y ella te va a decir qué hacer”.

En lo que va de año, esa conocida que trabaja en una popular farmacia de algún pueblo de Anzoátegui la ha ayudado a conseguir leche para su nieto en tres oportunidades.

Las tres veces ha cumplido la misma operación con elevado nerviosismo. Sabe que no es ilegal, pero el riesgo de ser descubierta por algún desesperado que esté en su misma situación la hace sentir como si fuera una delincuente.

A la 1:07 hace contacto visual con la indicada y ésta, con un movimiento de la mano derecha, la invita a acercarse al mostrador.

“Te conseguí tres latas que estaban por ahí; no es la que usa tu nieto pero con esa puedes hacer trueque. Son 2.700 bolívares, primero te cobro y luego veo cómo te las doy”. Todo como en una película de espías.

Sigilosamente, la compradora saca la cédula y la tarjeta de su cartera, y las entrega.

Falta lo más complicado: Salir del negocio con la compra. Una caja de suero Pedialite sirve de camuflaje. En su interior van casi tres kilos de fórmula para bebés de cero a seis meses.

El trayecto de la puerta del comercio al vehículo se hace eterno. El sudor se desliza por la frente, siente que la caja es transparente.

Días después de la operación, los nervios continúan. Por alguna razón, la abuela de la criatura piensa que en cualquier momento alguien querrá requisar su casa a ver qué consigue.

Sentirse criminal sin delito cometido. También esto pasa en Venezuela.

Categoría: Venezuela