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Miami y la fuga de cerebros

Publicada por: el leonor.roquett@gmail.com @Leonor_Roquett

(Editorial El Nuevo Herald) – El Sur de la Florida no ofrece las mayores facilidades a sus jóvenes para quedarse aquí cuando se gradúan de la universidad. Por el bien a largo plazo de esta comunidad, el sector público y el privado deben estudiar la mejor forma de retener el talento que las instituciones de enseñanza superior están produciendo. En estos momentos, para muchos graduados quedarse no es fácil.

En primer lugar, la posibilidad de encontrar un buen trabajo en Miami-Dade, un trabajo para pagar los gastos básicos y tener algo extra, depende con frecuencia de lo que se estudió. Los títulos en hotelería, cuidado de la salud y administración de empresas tienen más posibilidades que uno en historia del arte o arquitectura.

La buena noticia es que Miami recompensa la innovación y el espíritu empresarial. Pero la mayoría de las veces, los recién graduados lo que necesitan es un buen trabajo. Muchos nacidos en la generación del milenio se quejan de la falta de diversidad económica, aun cuando su sector de tecnología sigue creciendo.

Por otra parte, hay una grave escasez de viviendas económicas en el Sur de la Florida, sobre todo en Miami-Dade. El mercado de casas y condominios de lujo está creciendo, al igual que los alquileres. Pero ese es el mercado que favorecen los urbanizadores, con la ansiosa ayuda de las municipalidades. En algunos barrios, se están reemplazando las casas y edificios de alquiler económicos, y la gente que vive en ellos es desplazada.

Entre el 2009 y el 2013, casi el 42 por ciento de las personas entre 18 y 35 años de edad en el corredor metropolitano de Miami-Fort Lauderdale-Palm Beach vivía con uno de sus padres o con los dos. Ese es el índice más alto en el país, y más de 10 puntos por encima del promedio nacional, que es del 30 por ciento.

Ricardo Mor, de 24 años de edad, que escribe una columna quincenal sobre asuntos que afectan a la generación del milenio en Miami, dice que su experiencia es común entre sus amigos. Señala que si viviera solo, “casi no me quedaría dinero para salir o para ahorrar. Si quisiera vivir cerca del downtown (donde trabajo) en un edificio nuevo o recién renovado, estaría pagando por lo menos $800 al mes por compartir un apartamento de dos dormitorios. A eso hay que sumarle el costo de tener un auto, que es esencial aunque uno viva en el centro de la ciudad”. Y tiene un empleo a tiempo completo que le gusta y que le paga, según dice, “un salario decente”.

La demanda de viviendas económicas en el Sur de la Florida es superada por la demanda de propiedades de lujo —condominios y unidades de alquiler— y el dinero que producen no incentiva a los urbanizadores a construir viviendas que las familias trabajadoras y otros, como los recién graduados, pueden pagar. El alquiler promedio de una unidad de un dormitorio es de unos $1,800 al mes.

Si se combinan estos retos con la dificultad que hay en Miami de ir a trabajar en otro medio que no sea el automóvil, se pueden ver las causas de la “fuga de cerebros” en nuestra comunidad. Hay que buscar la manera de retener a nuestros talentos.

Categoría: Opinión