¿Por qué enoja la invasión de chavistas en Miami?, según Daniel Shoer

"Tal parece que para la oligarquía que prosperó a la sombra del chavismo, la infame capital del exilio venezolano no es tan mala como la pintan".

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(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium) – “¿Cómo no va a detonar una explosión de ira tropezarse en Miami con autores de aquella tragedia que acongojados nos desplazó?, ¿Cómo no va a producir un estallido de rencor divisar a la boliburguesía en los más finos centros comerciales de Miami, en palacetes de los más fastuosos vecindarios de la metrópolis y en altos círculos empresariales y filantrópicos, después de granjear el Tesoro nacional?”, fue la oponión del periodista, Daniel Shoer Roth, tras señalar la semana pasada sobre una “invasión chavista” que va llegando a Estados Unidos.

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En su columna publicada este sábado en el diario El Nuevo Herald, acotó que resulta “inaudito que un paladín del aparato represor bolivariano, hoy a la cabeza de la Sala Penal del Tribunal Supremo de (in)Justicia, efectuó más de una treintena de viajes al Estado del Sol en un plazo de dos años, ‘codeándose por semanas enteras con el exilio venezolano’ (…) es contradictorio que este funcionario acusado de homicidio entre y salga, mientras que a venezolanos decorosos se les niega la visa”.

“La lista se extiende. Uno de los maquinadores de la acusación a Leopoldo López vino buscando refugio. Una exdiputada chavista entregó su tarjeta personal en la presentación de un spa en Doral. Y un magnate de Coral Gables vinculado a Pdvsa se declaró culpable en un tribunal federal de cargos relacionados con un esquema de sobornos. Tal parece que para la oligarquía que prosperó a la sombra del chavismo, la infame capital del exilio venezolano no es tan mala como la pintan. ¡Ay, qué desgracia recae sobre nosotros!”, aseveró.

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Como un reguero de pólvora, recorrió los recovecos del ciberespacio mi última columna, cuyo titular ¿Invasión de chavistas en Miami? sirvió de estímulo a la reflexión y a la denuncia. No solo en Miami, sino en la gran diáspora de un pueblo arraigado a su entrañable terruño, al cual jamás le había urgido emigrar. Hasta que la mano infame y fiera del chavismo allanó su destino y lo tiñó de duelo.

Con la honda pena que supone separarse de aquello que siempre fue suyo, los venezolanos alrededor del mundo levantan a los cielos un cántico de dolor, abrazados a ese pasado reciente, como una hiedra al tronco que vida le dio.

Venezolanos resurgidos de sus cenizas; adaptados a una cultura diferente, con frecuencia desconocida, que les impone sus normas; rodeados de nuevos vecinos; distanciados de seres queridos e impotentes ante la escasez y la inseguridad que ellos padecen. Telón de fondo de este umbroso capítulo viviente en las historias de Venezuela y Estados Unidos.

Una historia compartida con todos los inmigrantes que, de generación en generación, buscan un mejor porvenir en horizontes dorados por una tenue luz de esperanza.

¿Cómo no va a detonar una explosión de ira tropezarse en Miami con autores de aquella tragedia que acongojados nos desplazó? ¿Cómo no va a producir un estallido de rencor divisar a la boliburguesía en los más finos centros comerciales de Miami, en palacetes de los más fastuosos vecindarios de la metrópolis y en altos círculos empresariales y filantrópicos, después de granjear el Tesoro nacional? ¿Cómo no va a causar afrenta la doble moral de quienes allá entonaron dulces odas al chavismo-madurismo y aquí enaltecen lo que ese fallido sistema fustiga de nosotros, sembrando odio entre hermanos?

El año pasado por poco me crucifican en las redes sociales, acribillándome a maledicencias, por desvelar en la palestra pública, con el filo de argumentos firmes, comportamientos de boliburgueses y enchufados residentes que pretenden implantar un estilo de vida incompatible con el de la sociedad receptiva. Algunos de estos venezolanos importan al Sur de Florida actitudes ofensivas y conductas prepotentes; lenguaje soez e inapropiado; expectativas inmediatas y sentimientos reactivos a las acciones del prójimo. Lo afirman los propios venezolanos, y también se percata de ello la población general.

La comunidad venezolana se hace sentir más en la vida cívica, cultural y financiera de la región. Es noble, poderosa y en sostenido crecimiento. No es una población nueva, pues su presencia se remonta a décadas atrás. Tiempo durante el cual ha proyectado lo mejor de sí, poniendo en alto el nombre de su país. Es natural que se incomode cuando su imagen pública es lastimada por sectores de una ola migratoria –y turística– influenciada por el clima de intolerancia y la actitud autoritaria del régimen de Caracas.

Resulta inaudito, atroz –por citar un ejemplo–, que un paladín del aparato represor bolivariano, hoy a la cabeza de la Sala Penal del Tribunal Supremo de (in)Justicia, efectuó más de una treintena de viajes al Estado del Sol en un plazo de dos años, “codeándose por semanas enteras con el exilio venezolano”, informa mi colega Antonio María Delgado. Con la chequera gruesa de los boligarcas, ¿habrá comprado lo que se le antoje en supermercados desbordados de productos? ¿O habrá cenado bajo el esplendor de la luna sin la amenaza de un atraco? Es contradictorio que este funcionario acusado de homicidio entre y salga, mientras que a venezolanos decorosos se les niega la visa.

La lista se extiende. Uno de los maquinadores de la acusación a Leopoldo López vino buscando refugio. Una exdiputada chavista entregó su tarjeta personal en la presentación de un spa en Doral. Y un magnate de Coral Gables vinculado a Pdvsa se declaró culpable en un tribunal federal de cargos relacionados con un esquema de sobornos.

Tal parece que para la oligarquía que prosperó a la sombra del chavismo, la infame capital del exilio venezolano no es tan mala como la pintan. ¡Ay, qué desgracia recae sobre nosotros!