Siete historias de sirios refugiados en Argentina

Siete hombres y mujeres que huyeron de la guerra y entraron a Argentina luego de obtener una visa humanitaria.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium).- Tienen techo, son jóvenes, quieren olvidar, buscan con obsesión noticias de su tierra… Son Qsai, “Mido”, Tamara, Shal, Jaled, Khawla y Lamar. Siete de los 263 sirios que desde 2012 llegaron a Argentina a través de la obtención de una visa humanitaria.

Es un viernes de septiembre de 2015 a las cinco de la tarde. “Mido” no es su nombre sino una abreviación que inventó después de cansarse de que en la ciudad lo llamaran de cualquier forma, todas mal. Tiene 21 años y llegó al país como refugiado. Talla la pata de carne en una esquina del salón de “Shawarma Dubai”, el local de comida árabe que abrió hace un mes a metros de la avenida 9 de Julio junto a su amigo, también refugiado y sirio, Qsai, relata una nota de Clarín.

Si no llegaban los papeles para entrar a la Argentina o algo salía mal, escaparíamos como ilegales a Europa.

En 2012, Qsai escapó de Siria. Las manifestaciones pacíficas contra el régimen de Bashar al Assad, que comenzaron en marzo 2011, habían derivado en una guerra. La violencia escalaba con una cruenta ofensiva militar por parte del régimen y la aparición de milicias rebeldes. “Mis padres temían que me pasara algo malo y me pidieron que me fuera del país. Me repetían: ‘Si te quedás, vas a morir'”.

A la mayoría de los inmigrantes y refugiados le resulta difícil deshacerse de las reacciones inconscientes que les dejó la guerra: le temen a los truenos, a la oscuridad y a los aviones. “Cuesta mucho desprogramarlos. Quedan conectados con lo que pasaron en Siria y con sus familias que siguen ahí. Les lleva un tiempo acomodar la cabeza y empezar a construir una vida en la Argentina”, relata Leila Haikel.

Trajo a su prima, Khawla, y a la hija de ella, Lamar, al país. Decidió hacerlo en marzo de 2013, después de una conversación telefónica con Khawla, quien residía en Yabrud, una ciudad a 80 km al norte de Damasco, la capital de Siria. “Empecé a escuchar gritos horribles, no sabía qué pasaba y se cortó la comunicación. Esa noche no pude dormir. Pensé que habían bombardeado su casa”. Haikel salió de la cama y a la madrugada prendió su computadora y abrió su mail. “¿Querés venir a la Argentina con Lamar?”, le escribió a Khawla. Así, empezó un tramiterío de papeles que duró dos meses y terminó el 15 de mayo de 2013, cuando Khawla, entonces de 29 años y divorciada, y su hija, de cuatro, pisaron Buenos Aires.

Tamara y su esposo, Shal, también son oriundos de Yabrud. Tienen 24 y 30 años. Del grupo de refugiados que entrevistó Clarín, son los últimos en llegar. Entraron al país el 1 de marzo de 2015. El día del escape, mientras el auto en el que huía Shal avanzaba por caminos de tierra, vio en el espejo retrovisor cómo su ciudad era detonada. Sin Tamara, quien poco antes había escapado a Damasco, viajó a Turquía.

Ahí, alquiló una casa y aguardó durante seis meses la llegada de su esposa. El plan era reencontrarse una vez que estuvieran los papeles para entrar a la Argentina. Una tía de Tamara les daría asilo en Buenos Aires. “Con Tamara habíamos acordado que si no llegaban los papeles para entrar a la Argentina o algo salía mal escaparíamos como ilegales a Europa”, dice, mientras frente a él está Jaled, un amigo del matrimonio. También es refugiado.

“El mundo mira con binoculares a Aylan (el chico sirio que apareció muerto en una playa turca). Pero le da la espalda a miles de sirios muertos. A esos prefiere evitarlos”, dijo Qsai. En la misma línea, Jaled agrega: “Es una imagen que no da miedo. No está herido. No hay sangre. No molesta”. Las otras, las que ellos dicen que grabaron en la guerra, con sus ojos, esas sí.

Qsai es refugiado y hace un mes abrió un restaurante de comida árabe en el centro porteño. Crédito: Clarín

El restaurante de comida árabe de Qsai se llama Shawarma Dubái. Crédito: Clarín

Khawla y su hija Lamar, retratadas en una plaza de Barrio Norte. Crédito: Clarín

Shal y Jaled toman mate y fuman tabaco en narguile. Crédito: Clarín