Vivir siendo el hijo del mayor capo de la droga

Mónica Lehder ha vivido convencida de que no tiene que esconderse de nadie. Estudió en Bogotá diseño de modas y vive de su propio negocio de vender ropa.

Publicada por: Redacción Sumarium el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium).- Los hijos de los famosos capos colombianos hacen revivir las historias que sus padres protagonizaron. Como el caso de Mónica, la hija del extraditado Carlos Lehder, quien pidió al presidente Juan Manuel Santos que ayudara a su padre a volver a Colombia para “morir en su tierra”.

Como si fuera poco, después de más de 20 años de anonimato, una foto de cómo sería hoy Manuela Escobar, la hija del Patrón, colmó los titulares en el mundo entero.

Semana habló con los “herederos” de los capos más famosos, y concluyó que la realidad está lejos de ser una vida de lujos y excentricidades.

El caso más conocido es el de los hijos de Pablo Escobar, Juan Pablo y Manuela. Ambos nacieron cuando su padre ya era el líder del cartel de Medellín. Era tanto el amor que el Patrón les tenía que a Manuela le regaló el unicornio con que soñaba, después de pegarle un cuerno de vaca a uno de sus caballos. Y a Juan Pablo lo llevó a Estados Unidos para escoger animales y le mandó traer delfines rosados del Amazonas. 

Tiempo después de su muerte se conocieron las cartas que Escobar intercambiaba con la niña de sus ojos cuando la justicia no le daba ya tregua. En estas ella le decía “Papi, eres mi cielo. Quiero verte pronto” … “Te quiero mucho. Te adoro. Mi mamá no ha vuelto a llorar”… “Eres mi luna, eres mi sol, estás en mi corazón”. La pequeña firmaba “Tu adorada terremoto”.

En su libro “Pablo Escobar Mi Padre”, Juan Pablo, hoy Sebastián Marroquín, evoca esas épocas en que pasaba “tardes apacibles” con su papá y su hermana en la hacienda Nápoles, y días enteros en una sala de televisión para 30 personas, repleta de juegos electrónicos. “Siempre tuvimos una relación muy cercana. Ni siquiera la clandestinidad logró alejarnos”, dice Marroquín.

“Gran parte de mi niñez transcurrió junto a los peores criminales del país”, dice. Así vio entrenamientos dirigidos por un mercenario israelí, presenció la preparación de operaciones en la hacienda Nápoles y fue testigo de cómo probaron la detonación de carros bomba en la pista de aterrizaje de su finca.

CÁRTEL DE CALI

Los hijos de los Rodríguez Orejuela (líderes del desaparecido cartel de Cali) cuentan que crecieron en la normalidad. Humberto y Jaime, hijos de Gilberto, estudiaban en un colegio católico de la capital del Valle al que siempre fueron en bus público. “No había escasez, pero tampoco abundancia”, cuenta Humberto.

Miguel Andrés, uno de los ocho hijos de Miguel Rodríguez Orejuela, tampoco tuvo los lujos de los Escobar. Vivía con comodidades, pero sin excesos. Cuando tenía apenas 2 años le detectaron un tumor de Wilms, un cáncer abdominal que afecta a los niños. Pasó parte de su niñez en quimio y radioterapias, sin mayor compañía de su padre, quien ya tenía a la justicia respirándole en la nuca.

CARLOS LEHDER

Mónica, la hija de Carlos Lehder, (uno de los fundadores del Cártel de Medellín y actualmente extraditado a EE UU) pudo haber llevado la peor parte de esa vida. Cuando ella nació su papá ya era un capo perseguido por las autoridades. No tuvo la oportunidad de conocerlo porque lo capturaron y lo extraditaron cuando ella tenía 4 años. Los primeros recuerdos que tiene de él son las cartas que le mandaba desde la prisión. “Me hacía dibujos increíbles con animales, paisajes, árboles y estrellas. Las hacía en hojas de ‘block’, con lapicero y sin colores, pero significaban todo para mí cuando era niña”, cuenta.

Cuando ella tenía 9 años, su familia se acogió a un programa de protección de testigos de Estados Unidos. Así llegó en invierno a un pequeño pueblo de ese país, sin hablar inglés y con el único deseo de conocer a su papá. Esperó un año y medio. Cuando llegó el gran día, la parafernalia la asustó.

Mónica recuerda el momento en que vio a su papá con nostalgia. Estaba esposado en la entrada y la miró fijamente durante varios minutos, según ella, con inmensa ternura. Luego se fundieron en un solo abrazo que no se pudo repetir porque en las visitas está prohibido tocarse. De ese momento a hoy, más de 20 años después, solo ha podido verlo dos veces más.

VIVIR BAJO EL ESTIGMA

Todos los hijos de los capos sostienen que tuvieron que crecer con el enorme peso de sus apellidos. Nunca han podido llevar una vida normal. Ser Escobar, Lehder o Rodríguez entraña un gran estigma. Los 15 hijos de los hermanos del cartel de Cali, por ejemplo, aseguran que la justicia les ha cobrado las acciones de su padre como un “delito de sangre”.

“El narcotráfico era para mi papá como una amante escondida”, cuenta Jaime. “Cuando estaba en la universidad él fundó el Hipódromo del Valle. El día de la inauguración dio un discurso al que asistieron políticos y empresarios. Si el Estado no sabía en lo que él estaba, ¿cómo podría saberlo yo?”, se queja Humberto.

Trasladar la responsabilidad de los hechos de los padres a los hijos habla mal de nosotros como sociedad. No podemos tolerar que se hereden pecados y culpas por generaciones y generaciones.

Miguel Andrés no ha tenido que esconderse, pero su apellido lo afectó en el colegio, le cerró las puertas de universidades e, incluso, le impidió trabajar. “No me podían contratar porque para ser de nómina me exigían una cuenta bancaria y yo no podía tener una”, le dijo a Semana en agosto de 2014.

Como es conocido, Juan Pablo y Manuela Escobar sí tuvieron que huir del país una vez su padre fue abatido en 1993. Manuela Escobar se convirtió en Juana Marroquín y su hermano Juan Pablo en Sebastián Marroquín. Aunque eventualmente un colegio de monjas la recibió, esa necesidad de ocultar algo no hacía sino aumentar la confusión de una niña joven e inocente que no podía asimilar que el padre perfecto, a quien ella había adorado, pudiera ser el más terrible criminal del siglo XX.

Sobre el estigma de ser hijo de Pablo Escobar, Sebastián Marroquín dice que “trasladar la responsabilidad de los hechos de los padres a los hijos habla mal de nosotros como sociedad. No podemos tolerar que se hereden pecados y culpas por generaciones y generaciones”, dice.

Mónica Lehder, en cambio, ha vivido convencida de que no tiene que esconderse de nadie. Estudió en Bogotá diseño de modas y vive de su propio negocio de vender ropa. Cuenta que por la particularidad de su apellido a veces le preguntan “¿Usted tiene que ver con ese Carlos Lehder? Siempre piensan que puedo ser pariente lejana pero se sorprenden cuando contestó sí, soy la hija”.

Miguel Andrés Rodríguez, por ejemplo, hoy se dedica a ayudar a otros a superar traumas. Cuenta que él solo se enteró de la magnitud del mal cometido por su padre cuando vio un anuncio de “Se busca” en televisión y, ya definitivamente, cuando lo capturaron. “Yo vine a entender y a sufrir después”, dice.

El hijo de Pablo Escobar decidió romper su silencio en 2009, al estrenar una película en la que abrió las puertas de su clandestinidad, regresó a Colombia y les pidió perdón a los hijos de Luis Carlos Galán y de Rodrigo Lara Bonilla. “Yo superé el estigma poniendo la cara y no intentando huir más. La sociedad comprendió que la historia de mi padre no debe afectar la mía”.