Teresa Romero cuenta cómo es su vida después del ébola

"El ébola me ha hecho más fuerte", comentó la primera contagiada por el virus en España.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

Crédito: Javier Barbancho

(Caracas, Venezuela. Redacción Sumarium) – La enfermera Teresa Romero, primera contagiada por el virus del ébola en España, contó cómo es su vida luego de superar el ébola en noviembre de 2014.

Durante una conversación con Paco Rego de El Mundo, Romero acompañada por su perrita llamada Alma “por el alma de Excálibur” dice ella en honor a su perro sacrificado, comentó que “una vez que has cruzado la línea (de la vida), y yo he estado al otro lado, ya nunca vuelves a ser la misma… En casi nada”.

La mujer ha recuperado 10 kilos tras la enfermedad, ha cambiado el tabaco por el gimnasio, escribe sobre su experiencia y es capaz de remar sin descanso durante una hora por el lago, acotó Rego en la crónica escrita para el diario español.

“El ébola me ha hecho más fuerte (…) Más que heroína, soy un accidente laboral. Pero ya no tengo miedo. He vuelto”, dice Teresa,

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El exorcismo surge en una mañana al sol, cerca de un lago rodeado de pinos, magnolios y almendros. Gitanas orondas pasan entre las mesas de la terraza ofreciendo la buenaventura a cambio de 10 euros y una ramita de romero. A mi lado están Teresa y Alma -“por el alma de Excálibur”, dice ella en honor a su perro sacrificado-. La pitbull marrón, regalo de una perrera, no deja de abrazarla y de reclamar caricias a su dueña. “Es mi médico, mi terapia”, murmulla Tere. Y se nota.

La que tengo a mi lado es una Teresa Romero muy distinta a la mujer desgastada y ojerosa, de mirada perdida y en silla de ruedas, a la que el ébola machacó hasta las meninges. Ha cogido 10 kilos, ha cambiado el tabaco por el gimnasio, escribe sobre su experiencia y es capaz de remar sin descanso durante una hora por el lago. Va con chaqueta gris, jersey negro de cuello vuelto, botas de media caña y gafas de sol. Tirando del pitbull, con su pose, recuerda a alguien de paseo por una campiña inglesa.

-¿Aquí mismo? -le sugiero.

-Esta esquina está bien, es tranquila.

Tere (prefiere que la llamen) se ajusta las gafas oscuras y ata la correa de la mascota a una pata de la mesa. Encima, un café cortado, copa de Mahou y patatas fritas. Le recuerdo que mi intención es conocer cómo es vivir después de tener ébola.

-Una vez que has cruzado la línea (de la vida), y yo he estado al otro lado, ya nunca vuelves a ser la misma… En casi nada.

Y ella en verdad parece otra.

Fueron cinco horas con Teresa. Cara a cara por primera vez con un periodista desde que supo, hace un año y cuatro meses, que estaba limpia de virus y la mandaron a casa curada. A un hogar que por cierto ya no era el suyo (faltaba su perro del alma), sin ropas en el armario ni fotos enmarcadas, fumigado al milímetro con pesticidas. Cinco horas, a veces duras, con silencios difíciles de leer, tragándose la saliva y no pocas palabras. Ella, que no es de meigas a pesar de que lleva Galicia en el corazón (nació en Madrid hace 45 años pero sus padres son de Becerreá, un pueblo de Lugo), se esfuerza en sacar los demonios fuera. O, como dice, “los daños colaterales” que deja el ébola. Los que más tardan en curar, los que más duelen.

-Vas a una tienda y notas el rechazo, alguien evita darte la mano o un beso... Es duro, sí, pero ya no me fijo en eso. Sigo mi camino…

Y lo hace entre la luz y la oscuridad de lo pasado. Se detiene un instante en la habitación 6008 del hospital La Paz-Carlos III de Madrid. Allí estuvo 19 días aislada, en penumbra. Ajena a críticas y alabanzas. Con su esposo, Javier Limón, como viga maestra que sostenía el derrumbe. Allí, en la 6008, Teresa cruzaría más de una vez esa línea fina, imperceptible, que separa la vida de la muerte. Por eso lo de heroína.

-Me asombro, no he salvado a nadie. Lo mío ha sido un accidente, y ya está. Más que heroína, soy un accidente laboral. Pero ya no tengo miedo. He vuelto.

Teresa Romero revivida.

Sigue de baja y va al psicólogo. No guarda secuelas graves. Ha recuperado los pulmones, el hígado y los riñones. “Sólo me flojean las piernas cuando camino mucho”. Y mientras espera a que el tribunal médico la llame de nuevo para evaluarla (sabe que será este año pero no la fecha), Teresa sigue mirándose al espejo cada mañana y peleando contra la mujer que está al otro lado. Contra ella misma.

-El ébola me ha hecho más fuerte -dice Tere, expulsando esa rabia de samurái que le ayuda a vencer el miedo cada día.

“¿Por dónde empezamos?”, aterriza la superviviente mientras se lleva a la boca una patata frita.

-¿Sabe ya cómo se contagió?

Esperaba la pregunta que todo el mundo se hizo y cuya respuesta, hasta hoy mismo, nadie ha sabido dar. Teresa hace una pausa, mira por el retrovisor de la memoria y por un instante se viste de auxiliar de enfermería, su profesión, y regresa a los días de pánico. Cuando se la jugó cuidando primero al misionero Miguel Pajares y después al religioso Manuel García Viejo, los dos repatriados con ébola desde Liberia y Sierra Leona. Nada pudo salvarlos.

Lo que Tere no imaginaba, tras lidiar 14 años con virus y bacterias rebeldes, era que pronto sería ella misma la que ocuparía la fatídica habitación 6008. Se había infectado sin saberlo con el segundo misionero enfermo. Nadie, según marca el protocolo, puede tener contacto, directo o indirecto, con el paciente más de 30 minutos. A partir de ese tiempo, el riesgo de contagio se multiplica. Y la misión de Teresa, como la de cualquier auxiliar de enfermería, era delicada. Tenía que mantener la habitación en perfecto estado de asepsia, incluida la cama del paciente. Y sin pasarse de los 30 minutos estipulados. Un sanitario la estaría vigilando a través de un cristal. Si rebasa el tiempo máximo establecido, avisaría. Pero aquel día, según contó a Crónica una fuente que trabajaba en la planta sexta del ébola, Tere habría estado 50 minutos expuesta, 20 más de lo permitido. Y sin que nadie la hubiera advertido.

Esto es lo que ella dice recordar nítidamente: “A Manuel ya se lo habían llevado a la funeraria. Y mi trabajo, junto con dos compañeras, fue recoger la habitación y el colchón. No estoy segura si me contagié esa noche o la anterior atendiendo al misionero”, explica la auxiliar. Tampoco si llegó a tocarse la frente, como algunos apuntaron.

-Nadie sabe cómo ocurrió.

Todavía hay nubes en los recuerdos, momentos pasados que, cuanto más insiste en recuperar, más se difuminan en su disco duro. No así lo aprendido. Como víctima y sanitaria que es -la primera persona en Europa que se infectó de ébola fuera de África- ha empezado a escribir lo vivido (y aprendido) para plasmarlo en un trabajo de enfermería especializada cuyas líneas versan sobre cómo hacer frente a una enfermedad difícil de manejar, y que sigue matando. “Yo luché, sufrí, sentí un dolor inmenso… Y tuve suerte, mucha suerte”. Ella se quita méritos. Prefiere, da a entender, que sean otros los que se cuelgan las medallas. Y eso que fue ella la que abrió el camino de piedras. Más aún. Teresa Romero fue un experimento médico.

“Había que improvisar y arriesgarse. Tanteando como el perdido por un sendero totalmente oscuro”. Probando hasta vislumbrar la claridad salvadora. Ella la encontraría a tiempo en las venas de otra mujer, lejos de Madrid, en Liberia, donde el ébola entonces se cebada con la población. De allí había regresado de urgencia en un avión militar, ya casi moribundo, el primer misionero al que Teresa cuidó y vio morir. Aquella esperanza se llamaba Paciencia Melgar, también enfermera y milagrosamente resucitada tras pasar el ébola en el que los liberianos bautizaron como pabellón de la muerte. Ella, resistente al virus, era el último cartucho que le quedaba a Teresa. “Y ahora corre sangre africana en mis venas”. “Recuerdo que cuando me la transfundían mi cuerpo cambiaba, era como un chute de vida…”. Algo nuevo. Parte de aquel suero mágico viajaría más tarde hacia Francia en otra misión de rescate a un hombre infectado.

No llegó Tere a conocer a su buena samaritana, a la que dice estar “inmensamente agradecida”. Pero ya no se siente en peligro. “Llevo aquella sangre africana en mis venas”. Por eso, si volviera a ejercer, Teresa sería la única persona a salvo. El problema no es el virus. Está inmunizada. Lo que en serio le hace dudar son los arañazos de todo aquello. “Tengo que recomponer lo que el ébola ha roto, empezando por mí”. Paso a paso.

-¿Se ve de nuevo ayudando a un enfermo con ébola?

Pone cara de que esperaba la pregunta.

No estaría preparada para volver a aquella habitación. Sólo lo haría si fuese un niño el infectado o un compañero de trabajo. No sé, tengo mucho aún en qué pensar.

La gitana de la buenaventura que merodea en busca de algún creyente se acerca a nuestra mesa dispuesta a alegrarnos el día. Coge nuestras manos a la vez y pide toda seria que la miremos con atención. “Usted se va a curar”, es lo primero, y más impactante, que espeta a Teresa, a la que no conoce de nada. Pide 10 euros por el pronóstico completo (lo que dijo al periodista es irrelevante). La gitana se lleva cuatro y nos deja a cada uno una ramita de romero sobre la mesa. Aunque desconfía, Teresa, por si acaso, se la guarda en el bolso.

Alma, la mascota pitbull, ya no aguanta más terraza y reclama un paseo urgente. Buena idea. El jefe de fotografía del periódico, Carlos García Pozo, acaba de llegar y con él los deberes hechos. Ha elegido los escenarios perfectos. Nos lleva hacia un claro apartado tapizado de margaritas, castañas y troncos tan anchos que parecen del Jurásico. Las últimas tomas las reserva para el lago, con Teresa a los remos.

-Estos días la cosa está que arde en la política. ¿Cómo lo ve?

-La sigo pero me aburre demasiado.

-¿Y el futuro…?

-Hoy por hoy no pienso en el mañana. Es automático. Me detengo más en el hoy. Como mucho, pienso en esta noche.

-¿Cómo son su días?

-Diferentes a los de antes, más reposados, pienso más todo. Veo cine, las de Sherlock Holmes me divierten mucho, voy al gimnasio, planifico algún viaje, escribo, me encanta escuchar música dance, juego con Alma… No me aburro.

-¿Se olvida de la enfermería para siempre?

-No quiero decir eso. Antes de que me dedicara a la sanidad, lo que yo quería era ser azafata de vuelo. Pero una enfermera amiga, a la que yo admiraba, me llevó a su terreno. Y no me arrepiento, créame. Puedo seguir vistiendo la bata blanca y no necesariamente tengo que ver el ébola de cerca.

La cita mañanera este miércoles en El Retiro la mantiene en un estado de relajación tal que está dispuesta incluso a dar un paseo subida a una barca del lago. La mayoría de los que pasean por el parque madrileño son japoneses que van disparando sus Nikon a las fuentes de agua y a las ardillas que bajan al césped. “Que no me reconozca nadie me da paz”, agradece ella. Mientras la multitud no tiene cara, Teresa tiene nombre y apellido. Más aún, tiene una historia emotiva que contar.

-Cuando me veía morir, y fue unas cuantas veces, buscaba a Santiago (una estampita del apóstol) en el cajón de la mesilla de la habitación y le hablaba. Era mi refugio espiritual.

-Es usted religiosa…

-No en el sentido que parece. No soy de misas ni de fiestas de guardar. Tengo fe en Santiago.

El día anterior al encuentro con Crónica -más de una semana costó convencerla- Tere acudió al psicólogo. Es el segundo que la atiende. Está especializado en el tratamiento de traumas complejos. La paciente mejora. Va superando obstáculos. Como el de sentirse juzgada y observada. “La gente ni se imagina lo que es vivir día y noche en estado de emergencia, con un hombre que se nos moría y en las condiciones de extremo riesgo de estos casos. Lo que a mí me pasó pudo haberle ocurrido a cualquiera, a un médico, a una enfermera, a otra auxiliar…”.

Dice que no guarda rencor ni cuentas pendientes. Desde el horizonte, a la distancia de un año y cuatro meses ya, tras cruzar al otro lado de la línea y volver, lo que a Teresa Romero le urge es ser de nuevo la de antes, anónima, invisible. No sentir una mirada como un puñal cuando va por la calle, se compra ropa en una tienda o pasea con su Alma. “El mismo día que enterramos las cenizas de Excálibur en un rinconcito de un parque recibimos la buena noticia. Una perrera nos hacía el mejor regalo por WhatsApp”. Y así fue como Alma entró en la vida de Teresa. Una tira de la otra cada mañana, cada día. Y Tere ya le puede. A la mujer del ébola se le ve fuerte. Ha cruzado la línea para quedarse. Ha vuelto.

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