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Tragedias no tan naturales

La tragedia toca de nuevo las fibras de la nación.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Editorial El Espectador) La semana pasada, por la filtración de las aguas del río Cauca en una mina —legal— en Riosucio, Caldas, que dejó atrapados a 15 mineros; este fin de semana, por una calamidad pública —como ha sido catalogada por el Gobierno Nacional— causada por el desbordamiento de una quebrada en Salgar, Antioquia, que hasta el momento de escribir estas líneas había provocado la muerte de 69 personas y dejado miles de afectados. La naturaleza, el agua, como gran protagonista. Pero, también, se nos antoja, la improvisación y, sobre todo, esa relación miope que solemos tener con esa naturaleza, con esa agua.

Sí, claro, lo que toca en este momento es sumarse a la solidaridad con las víctimas. Y sin duda reconforta la reacción, tanto de la gente desde todos los rincones del país queriendo ayudar, como también de las autoridades encargadas que, luego de la tragedia, han respondido con todos los recursos a la mano para la búsqueda, rescate y atención a las víctimas que permitan impedir la multiplicación de las penurias. No es poco.

Los dramáticos relatos de las víctimas, las imágenes desgarradoras y las reacciones solidarias y paliativas no pueden ser empero pasajeras, mientras llega un nuevo desastre o comienza la Copa América de fútbol. Deberían, por el contrario, alimentar una reflexión más profunda y duradera sobre las causas que el sello de “tragedia natural” oscurece como si fuere algo dado e inevitable, como un designio divino.

Y no. A los dioses se les puede ayudar desde la tierra. Como se les pudo haber ayudado si tan solo el propio plan de desarrollo municipal de Salgar no hubiera sido letra muerta. “Una lluvia fuerte que se produzca en la parte alta de la cuenca podrá generar una creciente que estaría afectando el área urbana con su máxima intensidad antes de una hora y 45 minutos”, decía. Y más adelante, proyectos de prevención que quedaron muy bien escritos, pero que no se llevaron a cabo.

Suena conocido. ¿O no recordamos la ola invernal que inauguró a este gobierno en su primera administración? Mucho se habló entonces de la necesidad de ordenar el territorio alrededor del agua, incluso de que existían cientos de municipios que era aconsejable trasladar para no retar el flujo natural de las aguas en esta era de cambio climático… Palabras para el momento, pero una vez se emprendió la reconstrucción, el debate quedó en el olvido.

Lo cierto es que el desprecio por la naturaleza y el territorio se paga caro. La semana pasada, en el IV Encuentro del Agua —iniciativa de Isagén, El Espectador, WWF y People & Earth—, se analizó el Plan Nacional de Desarrollo precisamente en cuanto a la gestión del agua. Y si bien se ven oportunidades, como la creación del Consejo Nacional del Agua para su “gobernanza”, la conclusión es que el recurso más importante del país no lo es a la hora de pensar en nuestro desarrollo: el cortoplacismo de los beneficios económicos de la minería supera por mucho el manejo, protección y buen uso del agua.

Con esa visión, ¿hay razón para sorprenderse de que sigan sucediendo estas tragedias naturales? No, claro que no. Bien lo ha escrito el profesor Gustavo Wilches: “Cuando el desarrollo… reconoce al territorio su condición de ser vivo que también tiene sus propias prioridades, se reducen las probabilidades de que genere desastres”. El costo ha sido, y seguirá siendo por donde vamos, demasiado alto. ¿Aprenderemos?

Categoría: Opinión