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Un giro que vale la pena

La nueva política antidrogas es un paso en la dirección correcta, si no se baja la guardia.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Editorial El Tiempo) Fue hace tres años cuando el presidente Juan Manuel Santos utilizó la acertada metáfora de la bicicleta estática para explicar la sensación, cada vez más frecuente entre los encargados de la política antidrogas en Colombia, de que sus múltiples esfuerzos y sacrificios en la lucha contra dicho flagelo –si bien reportaban logros continuos, meritorios y valiosos– no estaban atacando la raíz del grave problema.

Con la aspersión aérea de glifosato se pretendió, durante tres décadas, mantener a raya el primer eslabón de esta cadena, como son los cultivos ilícitos de hoja de coca, marihuana y amapola. Un arma que, hay que reconocerlo, fue efectiva en la medida en que contuvo –con altas y bajas– la expansión de dichos sembrados.

No obstante, expertos no solo han cuestionado la efectividad de la misma en términos de costo-beneficio –recordemos el hallazgo de los investigadores Daniel Mejía y Adriana Camacho, según el cual cuesta 72.000 dólares fumigar una hectárea mientras que el valor en el mercado de la hoja sembrada en esa área no supera los 400–, sino que han apuntado, y con razón, a otro efecto colateral de dicha estrategia y es el costo en lo referente a la construcción de legitimidad del Estado de criminalizar al cultivador.

Y es que no hace falta ser un agudo observador de la realidad rural para saber que la presencia estatal en gran parte de dichas zonas de cultivo se debate entre precaria y nula. Muchas veces se limita al paso de la avioneta que esparce la mencionada sustancia, la misma que, según la Organización Mundial de la Salud, es un probable causante de cáncer. Un cuadro del que han sabido sacar provecho los grupos al margen de la ley para buscar ganarles a las instituciones una batalla crucial: la de la conquista de los corazones de la gente.

El replanteamiento de la estrategia antidrogas anunciado la semana pasada apunta, justamente, en esa dirección y en tal medida hay que considerarlo un paso en la dirección correcta. Y lo es, así mismo, porque quiere, precisamente, ganarse la confianza de las familias que se dedican a esta actividad mientras se concentran los esfuerzos en quienes proveen los insumos químicos y en ejercer un control efectivo sobre las rutas de los traficantes.

Por supuesto, mucho hay del papel a la realidad. Y se debe advertir que no es esta la primera vez que el Estado se embarca en el esfuerzo de hacerse sentir con alternativas en lugares de frontera agrícola. Por eso hay que anotar que no basta con expresar una voluntad de intentar nuevas fórmulas desde Bogotá. El éxito depende de la ejecución sobre el terreno de los programas de apoyo a los cultivadores. Y aquí, los principales enemigos, inclusive más que la guerrilla o las bandas, son la corrupción, la negligencia y la codicia de gamonales locales.

Hechas esas advertencias, hay que reiterar el respaldo a una política pública que da señales de tener el potencial para romper un círculo vicioso que tanto le ha costado al país. Que en Europa y Estados Unidos se comience a despenalizar el consumo mientras aquí hacemos lo propio con los productores suena coherente y esperanzador, siempre y cuando no se baje la guardia contra los emporios criminales que se ubican en el medio.

Categoría: Opinión