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Un problema de todos

Para erradicar la violencia de género es preciso entender que no se trata de una problemática de las mujeres sino de todos por igual.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Editorial El Clarín). “¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?” El interrogante que alguna vez se planteó el Premio Nobel José Saramago bien podría repetirse hoy, acompañando la consigna de una marcha que ayer movilizó a miles de personas en todo el país y en algunos otros destinos como una forma de decir basta a la violencia machista que hoy, en la Argentina, se cobra la vida de una mujer cada 31 horas. Si ni la inflación, ni los pobres, ni los desocupados ni tantos otros índices son medidos acá como se debe, ¿por qué iba a ocurrir otra cosa con las víctimas de femicidio? Las únicas cifras que circulan son las que registra la Ong La Casa del Encuentro. Y, alarmantes, nunca estará de más señalarlas. Fueron 1.808 las mujeres asesinadas desde 2008, año en que se iniciaron las mediciones; 277 sólo en 2014.

Aun brutales, los números no alcanzan toda su dimensión hasta que no se les agregan nombres, historias, sueños, esperanzas, afectos, futuro, todo aquello, en fin, que va conformando una vida. Pero incluso entonces surge una pregunta que lacera: ¿por cuánto habría que multiplicar el dolor? Esos centenares de vidas truncadas por un golpe preciso y definitivo, un disparo mortal, un fósforo encendido sobre un cuerpo rociado con nafta arrastran consigo el sufrimiento de otros centenares de hijos, padres, madres, abuelos, tíos, hermanos, amigos a los que, ante lo irreparable de la pérdida, no les quedará, en muchos casos, ni siquiera el módico consuelo de una justicia justa -valga la paradoja- ni el de la aplicación de una ley más o menos vigente.

Claro que el femicidio es el último capítulo de una saga que suele empezar mucho antes de ese desenlace fatídico. Puede haber sido un gesto, una mirada censora, un comentario dejado caer como al pasar, una pregunta presuntamente inocente; esas señales sutiles que muchas veces son confundidas con inequívocos signos del amor. Y esto hay que saberlo, y también hay que transmitirlo: ni el control, ni los celos, ni la violencia tienen que ver con el amor. Tienen que ver, en todo caso, con una impronta machista que, de una vez por todas, debemos desterrar de plano a la hora de educar a nuestras hijas e hijos. Y de nada servirá el reclamo de ayer- masivo, multitudinario, conmovedor- si no entendemos que sólo cuando la violencia de género deje de ser una preocupación de las mujeres para pasar a ser un tema que nos ocupe a todos, podremos, de verdad, empezar a erradicarla.

Categoría: Opinión