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¿Y dónde está la cultura en su día nacional?

No hablamos de transformación para satisfacer solo las demandas y/o requerimientos de los artistas e intelectuales, sino para garantizar a los ciudadanos el acceso y el reconocimiento de sus derechos culturales.

Publicada por: el redaccionsumarium@gmail.com @sumariumcom

(Editorial El Telégrafo)- El 9 de agosto es el Día Nacional de la Cultura del Ecuador. Quedó así marcado por un decreto de 1975, firmado por el general Guillermo Rodríguez Lara, consagrando esta fecha en reconocimiento al día en que se fundó la Casa de la Cultura, en 1944. Y como toda conmemoración tiene un sentido evaluatorio, se mire por donde se mire, bien valdría la pena pensar, ahora, cómo vemos el estado de este sector, por varias razones estrictamente políticas.

La principal: en todo proceso serio de transformación la gestión cultural y la tarea de los artistas, intelectuales y gestores son clave. Aunque suene a lugar común: una revolución es estrictamente un cambio cultural. Y así se debe asumir por todos los actores y autoridades. Porque no hablamos de eso de ‘ser cultos’ o de las ‘bellas artes’, sino para entender a la cultura como un proceso de hondas raíces transformadoras del ser social, de las estructuras ideológicas y de las manifestaciones artísticas. Pero hay algo más que la actual Constitución consagra: los derechos culturales de los ciudadanos. Es decir, no hablamos de transformación para satisfacer solo las demandas y/o requerimientos de los artistas e intelectuales, sino para garantizar a los ciudadanos el acceso y el reconocimiento de sus derechos culturales en toda la extensión de la palabra. ¿Y de qué derechos hablamos entonces cuando nos referimos a los culturales en este momento y en nuestro país intercultural y diverso?

Los medios no hemos dado la atención debida y solo pensamos que la farándula es cultura.

Ahí está la clave del debate y hasta de las polémicas para hablar del Día Nacional de la Cultura.

Entonces, la evaluación más rigurosa pasa también por entender hasta dónde los ciudadanos han experimentado cierta transformación en su comportamiento cultural a partir de ejercer sus derechos y de recibir del Estado, en su conjunto, las oportunidades y el acceso a la cultura. Y eso obliga a pensar, por ejemplo, por qué somos un país con libros caros, poca presencia de espectadores en las salas de cine donde se proyectan cintas nacionales, pocas galerías con escaso público y festivales de todo tipo, pensados más en la masificación, consumo y solo diversión, antes que en la generación de nuevos creadores, cantores y creaciones relevantes que hablen del ‘nosotros’.

¿De qué derechos hablamos entonces cuando nos referimos a los culturales en este momento y en nuestro país intercultural y diverso?

Nadie duda de que hay un incremento de la producción cinematográfica, musical y de otras expresiones artísticas, pero eso todavía no calza en audiencias y públicos más exigentes, quizá también porque los medios no hemos dado la atención debida y solo pensamos que la farándula es cultura. Valga decir que EL TELÉGRAFO es el único medio impreso que cuenta con un suplemento cultural, mientras en los canales, si no es con ‘ayuda’ del Estado, no se hace ninguno. La radio se salva por algunos pocos esfuerzos.

Entonces, estamos en un momento crítico para reflexionar si la cultura es un espacio de unos cuantos, la caverna donde se ocultan ciertas élites artísticas o si apostamos por una cultura de estos tiempos que implica formar públicos, fomentar la creación sin tutelajes y, ¿por qué no?, asumir nuestras soberanías audiovisuales para reconocernos como diversos, pero no como una copia de Hollywood.

Categoría: Opinión